domingo, 8 de noviembre de 2009

La madre que lo hizo


No sé si lo sabreis, pero por lo visto existen ciertos asteroides que, de vez en cuando, cuando les viene en gana, cruzan la órbita de la Tierra, con el consiguiente riesgo que ello conlleva de que algún día se acaben estampando contra nosotros.

No es cuestión baladí, desde luego. Sobre todo teniendo en cuenta la proximidad en el tiempo, de esa fecha mítica (otra más) del 21 de diciembre del 2012, en la que según el calendario astronómico de los mayas, de una exactitud prodigiosa en lo que respecta a la predicción de los eventos cósmicos tales como eclipses, equinoccios, solsticios, e incluso alineaciones planetarias, se resolvería un cambio de ciclo, o el paso a un ciclo nuevo, determinado por el acontecimiento de un terrible cataclismo de proporciones inescrutables.

El propio Einstein llegó a insinuar que un fenómeno de tal naturaleza, como es la variación en la posición de los polos, estuviera próximo a suceder, dando lugar a terremotos, deshielos, dislocación del actual sentido de rotación terrestre, con la pérdida o cambio definitivo de la referencia noche-día de la que actualmente gozamos, etcétera.

Pero bien es cierto que, puestos a especular sobre esta nueva fecha del fin del mundo, una fecha que también se reconocería en las profecías del nuevo testamento, de la astrología china e incluso de las tribus indias del salvaje oeste, yo preferiría que tal catástrofe venidera, fuera en realidad lo menos científica posible (haciendo a un lado a Einstein, y si acaso también a los mayas), y por contra, lo más fabulosa y monstrenca imaginable.

He creído pues que la teoría del impacto del asteroide, es y debe ser, a mi juicio, la preferida.

Y de hecho, ya tengo un culpable en perspectiva, el asteroide Eros, uno de los mencionados que atraviesan la trayectoria orbital de nuestro planeta alrededor del Sol, y que ya nunca más se tomará, en ningún caso, por un camino de rosas, libre y despejado de elementos hostiles.

Es más... ¡Es que todo coincide!... Eros, el amor, el sexo, el erotismo, el romanticismo... Todas estas inquietudes humanas, consideradas como una sola, o como un conjunto de varias capitalizadas por una finalidad única, son y han sido siempre el motor y al mismo tiempo el principal foco de perturbaciones de nuestra existencia como ente al que se le presume un supuesto hálito racional.

El impacto de este asteroide consolidaría la idea de renovación y daría lugar al nuevo ciclo del que habla el calendario maya. Sería la excusa perfecta para una siguiente generación, o regeneración, de lo que hasta ahora ha sido nuestra bulímica civilización.
El mundo en permanente huída hacia adelante, su deriva económica y ecológicamente insostenible, toparía con la receta a su enfermedad, en la forma de una brutal colisión que lo devolvería a su estado primigenio, al punto de partida cero.

Sería como un formateo a lo bestia del planeta.

En fin, me aburrí ya de escribir majaderías. Bye. Adiós.

Por hoy ya está bien.