domingo, 25 de julio de 2010

Le temps est venu

Era una hora de penumbras, pero los potentes focos del todoterreno de Marcos las ahuyentaban como a manotazos en cada curva.
Atrás, el valle se iba haciendo más pequeño, y lo poco de él que se podía ver entre los claros de las cunetas, entre las hileras espesas de pino replantado, que como batallones de fusileros ascendían ordenadamente por la montaña, se encargaban de desdibujarlo las brumas.
Era un viaje con el que Marcos siempre había soñado. Tal vez un pueblo perdido en la montaña tuviera poco que contarnos a cualquiera de nosotros, pero para él, era su gran oportunidad.
Un pueblo casi abandonado. Si acaso habitado por ancianos huidizos y taciturnos, y seguramente por algún que otro fantasma reacio a dejar su terrenal morada, pero cuyas tribulaciones apenas diferirían, o al menos en lo sustancial, de las de sus demás convecinos.
Fue pues entrar en aquella villa de estrechas callejuelas, de pétreos muros que proyectaban la oscuridad de la noche a los pies del camino, y sentir de golpe como si aquel estremecedor silencio se hubiera infiltrado por todas sus venas.

Entonces el portentoso vehículo de tracción a las cuatro ruedas, aberrante mestizaje de un tractor y una limusina, se detuvo ante una de aquellas construcciones, y tanto Marcos, como su asistenta colombiana Yamila, se apearon de él.
El firme era irregular y la luz escasa, dadas las horas, por lo que este, muy caballerosamente se apresuró a cogerla del brazo, y, de igual manera, la ayudó a alcanzar la puerta.
No estaba en sus planes que ninguno de los dos se torciese un tobillo.
Todo ello, como ya he dicho, inmersos en un silencio atenazador, de una pureza turbadora. Si acaso solamente adulterado por el lejano ulular de algún búho.
Así hasta que el destemplado y quejumbroso bostezo de aquel inmenso portón, empujado con mano firme por Marcos, se venció al paso y, con las mismas, se diluyó por entre el frío aire que les rodeaba.

- Ha debido estar años sin que nadie la habitase – musitó este, adentrándose al zaguán, y recorriéndolo en toda su amplitud con absorta mirada.
A lo que Yamila respondió con una mueca entre tímida y complaciente.
Y apenas dicho esto, Marcos se puso a la faena.
- Bueno, Yamila. Hemos de darnos prisa si queremos haber acabado para cuando llegue Violeta.
Violeta era la prometida de Marcos, la mujer con la que convivía desde hacía tres años, - para ser más exactos, cuatro en Junio próximo - y con la que estaba previsto que contrajese matrimonio más tarde o más temprano.
- He traído tu uniforme de doncella. Yo no soy partidario de estas extravagancias, ya lo sabes, pero Violeta se empeñó en que debías vestirlo a todas horas, y, como ya te habrás imaginado, este es el momento menos indicado para contrariarla.
Entonces Marcos, que hasta ese momento había procedido con determinación, por un momento se sintió culpable.
- ¡Yamila!. Espera.
Marcos detuvo a la joven muchacha, incluso antes de que pudiera acceder al cuarto en el que iba a cambiarse.
– Yo… Yo… En fin, quería decirte que este es un momento de gran felicidad para mí, y que quiero que lo sea también para ti. Me siento horrible, como un sujeto tremendamente egoísta, quedándome para mí solo con toda esta dicha.
Apenas podía disimular, y en realidad tampoco es que se lo propusiera, la emoción que, como baño de almíbar, afloraba a sus ojos.
Entró con ella en la alcoba, en cuya atmósfera aún flotaba un cierto poso de humedad, polvo, y el enranciamiento propio de aquellos muebles casi centenarios, y diligentemente se aprestó a replegar las contraventanas, para seguidamente descorrer las cortinas.
Y entonces las primeras luces del alba entraron vehementemente por los ventanales, golpeándose contra todo lo que encontraron a su paso, pero paradójicamente yendo a deslizarse con suma suavidad por entre los finos cabellos azabache, con reflejos opalescentes, de Yamila.
Una imagen vino a atravesar su memoria, con claridad de diapositivas.
- Todavía recuerdo el día que te contratamos – retomó Marcos su discurso en donde lo había dejado - Eras todavía poco más que una adolescente. Qué digo una adolescente… ¡Una niña!... Y al principio Violeta era reacia, pero vive el cielo que puse todo mi empeño en convencerla. Sabía perfectamente que ese era mi deber. Todos tenemos deberes en esta vida que nos es preciso cumplir, por más que algunos sólo se nos muestren de manera difusa. Pero en este caso yo lo tenía muy claro. No tenía ninguna duda de que si te dejaba marchar, las mafias de la inmigración te tomarían a su servicio, haciendo de ti una esclava en su versión moderna, o peor aún, te arrojarían en las garras de la prostitución.
- Ustedes han sido siempre muy buenos conmigo, sobre todo usted.
- Intento serlo con todo el mundo… Lo intento, pero no es fácil. Hay tanta gente que odia a discreción, y por extensión a sí mismos… Y a veces tan sólo por el mero hecho, por el capricho, de no dejarse amar… Gente que reparte a manos llenas su rechazo y su asco por la vida…
Yamila bajó su cabeza, no evitando, eso sí, que sus ojos se descolgasen con una candorosa mirada.
- En fin. Te estoy sermoneando. No nos entretengamos más – reaccionó Marcos - Yo me ocuparé de revisar la planta baja, y tú harás otro tanto con las habitaciones de arriba. No es que no me fie de lo que lo hayan hecho los de la empresa de limpieza y fumigaciones que me recomendó Luismi, pero en estas circunstancias toda precaución es poca. Además la casa es antigua, y por eso mismo, estoy convencido de que todavía nos guarda alguna sorpresa.
- Sí, señor.
- Vamos, pues.
Yamila enfiló la empinada escalera que conducía a las estancias superiores, sin poder, o mejor dicho sin querer evitar, que un suspiro de amargura abandonase su pecho.
- Ay, amor prohibido… que al mismo tiempo me abrasas, y me congelas – murmuró para sí con su melodioso acento antioqueño.

Solamente transcurriría una hora, que de pronto Marcos comprendió que la labor que tenía ante sí requeriría de más brazos.
La propia Yamila, sudorosa, jadeante, entregada por completo a la tarea, no encontraba forma de poner orden entre tanto bulto y tanta telaraña.
Hizo Marcos pues lo que menos deseaba en ese momento, que fue llamar a Gerardo, Jerry para los amigos.
Incondicional de las juergas nocturnas, y en su día inseparable compañero de fatigas, aunque ya muy venido a menos por su propia desaceleración vital, Jerry tenía en cambio la encomiable peculiaridad de no fallar nunca a sus colegas. Allí donde se necesitase de él, allí se presentaba.
La pega es que Jerry era - ¿cómo decirlo? - muy suyo. A veces aguantarle requería grandes dosis de estoicidad.
Fue pues que, sin necesitar de muchas indicaciones, y pese a hallarse recién levantado de la cama, Jerry se puso en camino, y milagrosamente, consiguió arribar a la casa de Marcos, perdida como estaba en un pueblecito minúsculo, sin que mediara mucho más de una hora de viaje.
El encuentro entre ambos fue todo un manual de efusividad.

- Estoy flipando con el chabolo, Marquitos. Lo callado que te lo tenías.
- Es que todavía no es oficial. Es una sorpresa. Y como ya te he dicho, le estoy dando los últimos retoques antes de mostrársela en todo su esplendor a Violeta.
- ¿Violeta no sabe nada?
- No. Bueno, tal vez sospeche algo, pero… No, no creo.
- ¿Y de donde has sacado la pasta? Porque si no recuerdo mal tu curro era bueno, pero no tanto como para permitirte estos caprichos… Así, en plan millonetis.
- Tuve que pedir un crédito. Pero, ahora eso ya es lo de menos. Vi la oportunidad y me lancé. Además en el bufete todo va viento en popa, trabajo no falta, y don Blas no ha dejado nunca de expresarme su confianza en mi desempeño.
- Cierto. Blas Prada-Tenbury, el bufete de abogados más famoso de la capital… Y pensar que empezamos la carrera juntos…
- Y aún estás a tiempo de retomarla.
- ¡Pero qué dices, hombre! Si ni siquiera pasé de primer curso… Pero dejémonos de palique, y pongámonos manos a la obra. ¿Dónde está el muerto que hay que enterrar?
- Sí, ríete pero casi. Esto de barrer y fregar es más sacrificado de lo que parece.
- Tonterías. Tú déjame a mí. Ha llegado Don Limpio.

Entonces, subrepticiamente, Yamila se dejó caer por la planta baja, y con la excusa de cambiar el agua al cubo de la fregona, se paseó por delante de la mirada de Marcos, y por añadidura, de la de Jerry.
Una acción de la que este último no tardó en hacer acuse de recibo. Para empezar, provocándole una parálisis mórbida a todo lo largo del espinazo.

- Pero. Venga. Muévete – le jaleó Marcos – A ver si va a ser como siempre que toda la fuerza se te va por la boca.
- ¿No era esa Jazmín, o Marilyn, o como se llamase…?
- Yamila.
- Eso. Pues… ¡Como se ha puesto la Yamila!
- ¿Eh?
- Que ¡qué bien te cuidas, so cabrito! No se puede decir que no tengas dónde posar la vista.
- ¿Cómo dices?
- Que digo que si te hartases un día de Violeta, lo comprendería perfectamente.
- ¿Pero qué mamarrachadas estás diciendo ya? ¿Vienes a ayudar o vienes a hacer de todo un chiste, como de costumbre?
- Bueno, hombre, bueno, no te pongas así.
- Anda, anda, agarra ese saco por el otro lado y vamos sacándolo al contenedor de afuera.
- ¿Ese que estaba al otro extremo de la calle?
- Ese.
Colchones viejos y raídos, muebles atacados por la carcoma, en resumen toda clase de cachivaches, fueron desfilando por la puerta de la casa a hombros de Marcos y de un Jerry afanoso, e incluso diría que exultante, en una exhibición de hombría que ni en los cuarteles de regulares de las Chafarinas.
Tal fue la cosa de rápida que, al cabo de unos minutos, todo el trabajo que horas antes tanto había angustiado a Marcos, estaba prácticamente finiquitado.

- Ay, vamos a sentarnos un poco y a descansar – exclamó Jerry, dejándose caer a plomo en uno de los sofás nuevos.
- No, hombre. No nos paremos ahora, que ya no queda nada.
- Ay, sí. Lo necesito. Dile a Yamila que baje y que nos sirva algo. ¿Qué hay? ¿Qué has traído en esa nevera?
- Pero, bueno. Apenas has sudado la camiseta y ¿Ya estás pensando en darle al jarro?
- Venga, hombre. No seas rácano. Llama a la mulatita.
- ¡Calla, chalado! Yamila no está aquí para eso. Yo mismo nos pondré un par de cubatas.
- ¡Eso, como en los viejos tiempos!
- Aunque no sé si habrá hielo para luego.
- ¡¡¡Yamila, baja que te invitamos a un vermouth!!!
- Calla, desgraciado. Que sólo piensas en pervertir a la chiquilla.
- Sí, la chiquilla, sí. Te cogía la chiquilla y te pegaba un repaso que no te iba a reconocer ni tu madre.
- Mira que eres animal.
- Yo no te entiendo macho. Cuanto más viejo te haces, más pacato y remilgado que te vuelves. Y pensar que a mí me sucede todo lo contrario…
- Tú eres un caso aparte.
- ¿Seguro? A mí más bien me parece que el raro eres tú. Te vienes a un pueblecito perdido en el mapa con una mulata que está de muerte, los dos solitos, y lo único que piensas es en si esa motita de polvo de aquí, o este bichito de acullá, los va a ver Violeta.
- No hay nada de extraño en ello. Todo tiene que estar impecable. Hoy le voy a pedir que se case conmigo
- ¡Adiós!... Ya decía yo que aquí había gato encerrado.
- Es lo normal. Lo esperable después de estos casi cuatro años de vida en pareja.
- Supongo que luego no me dirás que yo no te previne.
- No, Jerry. En nuestro caso sobran los tópicos al uso y toda esa filosofía recocinada de patio de vecinos. Violeta, y sobre todo lo que sentimos el uno por el otro, está muy por encima de lo convencional.
- Nada. Pues entonces me callaré.
- Además tú no conoces lo suficiente a Violeta como para emitir un juicio. Porque si la conocieras en profundidad…
- Si ni siquiera me saluda cuando nos cruzamos por la calle… Yo no sé si es que se hace el avión.
- Está bien. Tal vez nunca congeniaseis. Pero ello no quita para que, en otras circunstancias, en algún otro momento, pudieras haberla tratado, y haber descubierto la maravillosa persona que es.
- En fin. Como ya sabes, la poca experiencia que tengo al respecto, se la debo por entero a su prima Cristina, y puedo decir que con lo que tengo voy bien servido. ¿No hace falta que te recuerde ahora, una vez más, la historia de la noche que nos conocimos los cuatro?
- Sí, hombre, sí. Ya estamos hartos de oírla.
Marcos se levantó como un resorte y recogió los vasos.
- Mira. Yo me pongo a rematar la faena. Y tú si quieres le cuentas la batallita a Yamila, aprovechando que la pobre no tiene más remedio ahora que pasar por aquí.
- ¡Yamila! Ya has oído a Marcos. Tienes permiso para venir unos minutos a hacerme compañía.
Yamila le devolvió una sonrisa de cortesía, en absoluto representativa de su profundo desagrado.
- ¿Sabías que la noche que Marcos conoció a su novia, su prima y yo también estábamos en el ajo? Fue en el “star system”, el mejor bar de copas que ha existido, y que jamás existirá.
Yamila, enfrascada como estaba en el fregadero no tenía forma de escabullirse. No al menos de una manera disimulada. No le quedaba pues otra que tragarse la batallita.
- ¿Y sabías que fue la prima la que nos atacó, la primera en abrir las hostilidades, y que la muy petarda se vino derecha a por mí? Jajaja. Si esta tarde Marcos y Violeta se prometen matrimonio será, no te quepa duda, gracias a mi atractivo irresistible.
Las gracietas de Jerry, que generalmente solían dejar indiferente a todo el mundo, esta vez sin embargo, tendrían un inesperado efecto. Por un instante los brazos de Yamila se quedaron yertos, sin fuerza, y una de las tazas de la vajilla que manipulaba, probablemente una pieza de coleccionista, fue a hacerse añicos contra el suelo.
Las lágrimas acudieron abundantemente a sus ojos.
Rápidamente Jerry corrió a consolarla.
- Venga, mujer, no es para tanto. Si con un poco de suerte Marcos no se habrá ni enterado. Venga, recogemos los pedazos, barremos el polvillo, lo echamos todo junto a la basura, y aquí no ha pasado nada.
Pero como veía que la muchacha no acababa de reponerse prosiguió con su infame repertorio de chascarrillos.
- Seguramente estás nerviosa con toda esta movida. No es para menos. Violeta es, para qué engañarnos, una persona definitivamente muy incómoda. Es, por así decirlo, una especialista en hacerte sentir tan insignificante como una cagada de mosca estreñida. Fue toda una casualidad de hecho que se fijara en Marcos. De no ser porque la prima dio el primer paso, ella por sí misma jamás se hubiera molestado. Si no recuerdo mal, ni siquiera nos dirigió la palabra aquella noche. ¡Fíjate si será estirada! Evidentemente, esa mirada suya de desprecio, que no apea ni para ir al váter, no es muy práctica a la hora de hacer amigos. Su caché de modelo de lencería, hoy más bien exmodelo, es demasiado elevado para tales concesiones.
Yamila miraba fugazmente a Jerry mientras hablaba, no sabiendo si con ello podría aplacar sus risotadas, pero en ningún momento queriendo tomar parte. Sus ojos, todavía enfebrecidos por las lágrimas, no hubieran sido capaces de expresar otro sentimiento que no fuera tristeza.
Deseaba, cómo no, que se callara, pero éste era manifiesto que no contemplaba tal posibilidad. Poniendo a parir a Violeta se encontraba en su líquido elemento.
- Y si te digo la verdad no sé a qué vienen tantos humos, por que lo tendrá todo muy bonito, su pelo, su figura, sus ojos de vampiresa, pero esos dientes, esa caja de fichas de dominó que guarda dentro de la boca… ¡Pero que grima da!
Jerry fingió un escalofrío, y por fin logró arrebatar una sonrisa de los labios de Yamila.
- Es una boca no humana, sino caballuna. Se puede inferir de un vistazo que sigue una dieta vegetariana. Tan alta, tan huesuda, con ese cuello tan alargado. Tan obsesionada con la pose, con distinguirse de la tropa de a pie… No hay duda de que el suyo es un porte ecuestre.
La carga de Jerry contra Violeta, con todo, apenas conseguiría aliviar la pesadumbre de Yamila.
- Os veo muy animados. Conversando distendidamente – irrumpió de pronto Marcos en la sala.
- No es más que un pequeño paréntesis – respondió Jerry, como advirtiendo una cierta sorna en el comentario de su amigo.
- No… Si podéis seguir tranquilamente. He dado una vuelta por la planta de arriba, y, hay que admitirlo, Yamila, eres una joya. La señorita ha dejado las habitaciones resplandecientes. Anda dame un beso.
A Jerry le divertía mucho ver que Marcos todavía seguía tratando a la muchacha como si fuera una niña, a pesar de la rotundidad de su físico, ya plenamente desarrollado.
- De hecho me dio la sensación de que hablabais de Violeta – insinuó este último.
- ¿Eh? Pues… Sí y no. Más bien de su prima – Jerry optó por salir del trance improvisando una mentirijilla a medias piadosa.
- ¿De Cristina?
- Sí, hablábamos de lo poco agraciada físicamente que es la pobre, en relación con Violeta, claro.
- Un momento, a ver si lo entiendo. ¿Acaso no eres tú el que está a todas horas, con que si guardan un parecido brutal, que si en un mundo mejor repartido casi podrían ser gemelas…? Sandeces que, como es norma en ti, únicamente dices con la idea de fastidiarme.
- No. Bueno. Establecía una especie de analogía en la que, si Violeta viniera a ser, por ejemplo, un caballo alazán de pura sangre, Cristina sería su versión en pony.
- Ya estás otra vez con tus típicas idioteces de niño pequeño, que en realidad sólo persiguen denigrar y malhumorar a la gente… ¿Y tú? ¿Por qué clase de bicho te tienes tú? Sin duda por un asno. No, mejor aún, por un parásito… ¡Por una polilla!... Eso, una polilla. En absoluto diferente a cualquiera de las de la montonera con las que, a lo largo de toda la mañana, hemos estado a escobazos.
- Puuuuf ¡Como se ha puesto! Se ve que la gente hoy está con los nervios de punta.
- Ya sabemos todos la antipatía que le profesas a Cristina. Una antipatía que seguramente sea debida a que es la prima de mi novia, pero eso ya es otra historia.
- No, no, no, no. Un momento, Marquitos, esas acusaciones no son justas. Mi problema con ella, con Cristina, es única y exclusivamente de intolerancia mutua. Nada tiene que ver contigo.
- Bueno. Lo que tú quieras. El caso es que ya hemos pasado por situaciones bochornosas, como la de aquel verano cuando la calificaste de albóndiga resesa delante de los padres de Violeta, de sus propios tíos. Y todo por que, en ese momento, algo que a mi me parece lo más normal de mundo, sugirieron que, como los dos permanecíais, y permanecéis, aún solteros, algo se podía ver de hacer…
- Calla, anda, calla. Que no me he venido hasta aquí a ayudarte, para que encima me saques tú también, otra vez, el tema ese.
- Si, el tema. Tú sigue en tus trece, pero algún día tendrás que sentar la cabeza, si no quieres pasarte el resto de tu vida, pelándote tú solito las cebollas.
- Las cebollas me resbalan, lo oyes, me resbalan. Ya sé que a muchos os gustaría serrarme el hueso, pero me resistiré a esa gangrena.

Los dos amigos, aunque momentáneamente enemistados, como dos boxeadores que buscaran descanso cada uno en su esquina, no pudieron sin embargo evitar retornar al ring para encontrarse de nuevo en un siguiente asalto. Cosas de la amistad, que, por cuanto incompresibles, me ahorraré el tener que explicar.
Los enfados de Marquitos y Jerry siempre surgían de los pleitos más infantiles imaginables. Y resultaba a veces hasta dramático el comprobar que las broncas más serias, los enganchones con mayor aparato eléctrico, tuvieran sin embargo trasfondos tan insultantemente triviales.
De nuevo, cosas de la amistad.
Aunque el colmo de la infantilidad aún estaba por entrar en escena.
Como ya digo, en cuestión de minutos, Marquitos y Jerry ya se habían reconciliado.
- Ven conmigo afuera – le dijo Marcos a su recobrado amigo del alma.
- ¿Afuera? ¿Para qué? ¿Me quieres sacudir?
- No, hombre no. Es para enseñarte algo… Algo relacionado con la pedida de mano.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué tienes ahí? ¿Las arras y el pastel de bodas?
Ambos recorrieron el trecho, nada modesto por cierto, que llevaba de un extremo al otro del jardín del que se acompañaba la casa, o la mansión, si se prefiere llamarla así.
Era lo que comúnmente se conoce por casa solariega. A decir verdad, perfectamente asimilable a cualquiera de esas que, tan prolijamente, se muestran en las revistas de decoración.
- Antes de nada, ayúdame con estos cabos y esa rueda.
- ¡Caramba! ¿Para que quieres un neumático en tu jardín?
- Mira. Llévalo así, rodando. Así es más fácil.
- Bueno, pero primero le quitaré los cartones estos del embalaje. ¡Es que está nuevecito! ¡Recién comprado, vamos!
- Es para hacer con él un columpio. Un columpio rústico… Más que nada por lo poético.
- Pues no se yo donde le ves tú la poesía. Buena falta me hacía a mí, en cambio, renovar los míos, ahora que lo pienso. Que tengo la multa que está de un día para otro.
- Aquí, en esa rama que sobresale de este magnífico caducifolio, muy probablemente centenario, quedará ideal.
- ¿Y todos estos juguetes desparramados por el suelo?
- Forman parte del atrezzo.
- ¿Cómo?
- Es intencionado. Digamos que entra dentro del plan.
Jerry frunció el entrecejo, como dando a entender que no le seguía la pista, y hasta si se me apura, llegando incluso a poner en entredicho la salud mental de su amigo.
- Es muy simple. Las mujeres se pirran por tener niños. Los bebés son su mayor debilidad en esta vida y realizarse como madres un designio imperioso de su naturaleza. Toda niña en cuanto adquiere uso de razón, así que deja de jugar con muñecas, firma consiga misma un contrato blindado, no subrrogable, por el monto de la parejita. A ser posible, niño y niña.

Jerry no terminaba de coger la idea.

- Se trata de crear la atmósfera adecuada. Creéme, yo como abogado que soy, sé muy bien que para convencer a un magistrado, nada es definitivo, todo se halla al albur de lo que sus prejuicios e inclinaciones personales le condicionen… En tanto en cuanto no se recurre a las pruebas materiales.
- ¿Ehhh?
- Y estas son las pruebas materiales de mi amor por ella. Estos juguetes darán testimonio de la voluntad inequívoca, de mi firme intención, más allá de deseos espurios, de formar con ella una familia. Y no una familia cualquiera, sino como el árbol imponente a cuyos pies no hallamos ahora mismo, una de gran envergadura. Una que trascienda las generaciones, y que se eleve unida, y en armonía, hacia lo más alto de lo que sea capaz. Con el mismo cielo únicamente por techo... Bueno, jeje, esto forma parte del discurso que llevo preparado.
- Marquitos. Sinceramente… ¿Quieres saber mi opinión?
- Por supuesto. Adelante. Aquí no es momento de guardarse nada. Estamos entre amigos.
- Tú desvarías.
- ¿Qué?
- Sí, lo siento mucho, pero es la verdad. Todo esto no casa con el carácter de Violeta. Ella no es tan… no es tan… de sentimientos. No es tan impresionable, ni romántica como tú crees, o como tú quieres creer. Toda esta sensiblería no conseguirá sino espantarla.
- ¿Pero qué estás diciendo, mamarracho? ¡¿Pero por qué me sales ahora con semejante gilipollez?!
- Querías mi parecer, y te lo he dado.
- La odiosa envidia de siempre ha vuelto a aflorar. Una vez más te has dejado arrastrar por los vicios plebeyos.
- ¡Mira tú quien habla de arrastrarse!
- Jerry, te lo advierto. Yo nunca le he levantado a nadie la mano, pero ahora mismo vas a retirar todo eso que has dicho… O no respondo.
- No lo haré
El puño cerrado de Marcos permaneció durante unos tensos instantes suspendido en el aire. Una chispa entre tantos nubarrones, el vuelo rasante de un vencejo, el eco de un portazo en la lejanía, apenas hubieran faltado para precipitar los acontecimientos.
Pero entonces, Yamila, que en ese mismo momento cruzaría apresuradamente el jardín, les sacaría de aquel impasse, anunciándoles la llegada de una visita inesperada.
Cristina, la prima de Violeta, acababa de aparcar su coche, su Mercedes clase A, enfrente de la fachada principal del caserón. Una Cristina que no venía sola, sino, en palabras de Yamila, acompañada de un señor bajito, con bigote, y vestido impecablemente de traje, el cual portaba un maletín de cuero negro en su mano derecha.

- Todo esto no me gusta – gruñó Jerry.
Entretanto Marcos, que no hablaba, apenas era capaz de maquillar su gesto de preocupación.
- ¿Qué piensas hacer ahora? – le instó de nuevo un Jerry cada vez más nervioso.
- No lo sé.
Por lo pronto Cristina y aquel hombre se venían hacia ellos, atravesando el jardín con semblante adusto.
- Esto se complica, y ya ni tan siquiera sé quien está a mi lado – se quejó Marcos amargamente.
- ¿Qué querrá? ¿Y quien es ese chupatintas que lleva de monaguillo?
- Ahora nos lo dirá.
Una incógnita que enseguida, cuando ya por fin se llegaron a su altura se resolvería.
- Hola Marcos.
La mirada de reojo que Cristina dedicó a Jerry no tendría desperdicio. Se diría que una vez más imitaba a su prima Violeta, en cuanto a la aspereza de sus modos y maneras.
- Hola Cristina – respondió someramente Marcos.
- Veo que no estás solo.
- Ha venido a ayudarme. O al menos, en eso estábamos.
Jerry, solamente con gran esfuerzo pudo evitar mostrar la enorme contrariedad que en aquellos momentos sentía.
- Estás esperando por Violeta ¿No es así?
- Justamente
- Siento ser yo quien te tenga que dar la noticia… Digamos que, siendo como es mi prima, se ha valido de mí en esta difícil tesitura.
- Vamos ¡Suéltalo!
- No va a venir.
El hombrecillo del bigote miraba a Marcos desde detrás de sus gruesos anteojos, con expresión terriblemente piadosa.
- ¿Y se puede saber el motivo?
- No sé si será lo mejor.
- Este no es momento para andarse con paños calientes. Sea lo que sea, quiero la verdad.
- Mira, Marcos. Violeta nunca estuvo segura de esta relación.
- Eso es absurdo. ¿Qué queja puede tener ella de mí? ¿Qué puedo haber hecho a lo largo de estos cuatro años que la disgustase?
- No es tan sencillo.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Ella se barruntaba que hoy darías el paso. No lo sabía a ciencia cierta, pero digamos que, conociéndote como te conoce, no había demasiado misterio.
- Lógico. Es una mujer muy inteligente.
- El hecho es que la semana pasada vino a hablar conmigo y tuvimos una larga conversación.
- Ahórrame los detalles.
- Pues nada más que… Que se sentía muy agobiada, y que no sabía que hacer. Decía estar desesperada.
- Lo comprendo. Este es un paso muy importante.
- El caso es que quería irse. Desaparecer durante algún tiempo. Sabía que yo tenía una reserva para irme de vacaciones a Mikonos y me pidió que le revendiera el billete.
- ¿A Mikonos?
- Yo no la comprendía. Y por supuesto le dije que recapacitase, pero insistió tanto… Tuve miedo a que hiciera algún disparate.
- ¿Pero a Mikonos, a una isla del mar Egeo, a qué?
- Escucha Marcos. Es ahora cuando te vendrá mucha gente, gente malintencionada, con toda clase de infundios. Que si te utilizó, que si se ha fugado con su monitor de Pilates, el de las lecciones personalizadas…
- ¿Con Hugo? Pero… ¿No era homosexual?
- Por lo visto era “bi”.
- No puede ser verdad.
- Digan lo que digan, tú no debes creerlos. No son más que sucias patrañas.
- ¡Esto es alucinante!
Intervino entonces Jerry, harto de contemplar como su amigo era despedazado por el poderoso e irrefrenable instinto carroñero de Cristina.
- Ya está bien. Esto es el colmo. Para empezar… ¿A ti quien te ha dado vela en este entierro? – la interrogó.
- ¿Y quien te la ha dado a ti? – se defendió esta.
- Este es mi amigo. ¿Pasa algo?
- No, Jerry. Tú no te metas – terció Marcos - No empeoremos las cosas.
- No, sí, Marquitos. Aquí hay muchas cosas que aclarar. Una de ellas es porque ha traído con ella a ese personajillo ridículo de traje y corbata.
- Es mi tío, vale, y es consejero de desarrollo rural de la Junta. Se ha molestado en acompañarme desde la capital. Y deberíamos estarle todos muy agradecidos porque viene a darnos consejos muy valiosos.
- ¿Consejos? ¿Sobre qué? Yo no estoy ya para oír los consejos de nadie.
- Sí, Marcos. Puede que lo de Violeta no haya resultado, pero quizás aún podamos encontrarle una salida a todo este embolado. No te cierres.
- Señor Rioseco, por lo que me han informado – tomó la palabra el funcionario - la hipoteca que pende sobre este patrimonio no es pecata minuta.
- No quiero oírle. Váyase.
- ¡Pero qué desfachatez!
- Por Dios, Marcos. Mi tío sólo trata de ayudar. Nos está haciendo un gran favor. No quiero tener que exponerte lo que me ha costado convencerle para que influyera en nuestro provecho.
- Me da igual.
- No seas terco. Nos va a proponer una fórmula para suavizar las condiciones con el banco, con el respaldo jurídico de la Junta.
- No, estoy harto de toda esta pantomima. Alguien debe retirar de aquí todos estos estúpidos juguetes, ciscados por el suelo.
- Tranquilo Marquitos – se ofreció Jerry – Yo me ocuparé.
- No. Además ha sobrado cuerda de los amarres del columpio, y sólo yo sé lo que hacer con ella. Tú eres muy capaz de dejarla por ahí tirada, en el lugar menos apropiado.
- ¡Marcos! – se le interpuso de nuevo Cristina - ¿A dónde vas? ¿Es que realmente no piensas escuchar lo que mi tío tiene que contarnos?
Marcos giró la cabeza de lado a lado, dando a entender su nulo interés, y con las mismas se encaminó de regreso a la casa.
- ¡Marcos!
- ¡Pero tú…tú… ¿Es que no sabes aceptar cuando una persona dice no?
- Hombre. Gerardito… Jerry, para los amigos. Con lo bien que estabas callado. El mayor fracasado que han conocido los tiempos presentes, los pasados y los venideros. Parece que lo tuyo es contagioso.
- ¿Qué has venido, como siempre, a ver si haces negocio de la fatalidad ajena?
- Me resisto a hablar con un capullo de categoría estratosférica.
- Mejor así. En tiempos ya quedé hastiado de tu charlatanería.
- Más te hubiera valido entonces escuchar un poco y no ser tan cafre. Tal vez se habría podido sacar de ti algo que mereciera la pena. Pero ahora ya es igual. Tú ya no tienes remedio.
- Ya, claro, y en su lugar vienes a por Marcos, aprovechando que está en horas bajas… A ver si lo puedes catequizar.
- Ya te digo que yo no hablo con capullos, que se revuelcan día y noche en su propia bilis. De todas formas, haces bien en meterte en el mismo saco que Marcos, pero no creo que cuele. Él es cien mil veces más inteligente que tú. Al menos su forma de afrontar la vida, con sus alegrías y sus sinsabores, no es tan patéticamente inmadura como la tuya. Que te crees que todavía eres un chaval, y ya no pasas ni por reservista. Todo lo más, un espantajo.
- Mira, Cristinita. Me ratifico en que, ciertamente, no hay gitano que te aguante. Así pues, me vuelvo yo también para la casa. Tu y el medio metro este, perdón, el señor alto cargo, podéis recoger los bártulos y volveros por donde vinisteis.
- ¡Cretino! ¡Baboso!
- Déjalo, Cris – trató de calmarla su tío - Es sólo un marginado. Condenado a convivir, a perpetuidad, con su propia miseria.

Puede que esto último lo oyera Jerry. Puede que no. Aunque seguramente por su cabeza desfilaran en ese momento pensamientos tampoco demasiados gratificantes.
Nada, pues, se podía imaginar él, que tan sólo ya a unos pocos metros de la puerta, una Yamila totalmente desmelenada, se le fuera a echar a sus brazos.
¿Era por fin que su sueño se iba a realizar? ¿Había en el mundo alguna clase de ley de la compensación que contrabalancease las alegrías y los infortunios de unos y otros, manteniendo siempre un equilibrio perfecto? ¿Hubo de ser necesario que en la vida de su amigo se pusiera el sol, para que en la suya pudiera al fin haber un amanecer?

Jerry quiso estrechar a Yamila contra su pecho, hacerla suya, aunque sólo fuera por una fracción de segundo, pero en lugar de ello esta se le escurriría entre los brazos, desplomándose sobre el césped. Precipitándose entre sollozos y ahogados chillidos de horror.
Jerry se rehizo abruptamente de su ensoñación.

- ¡Yamila! ¿Qué te ocurre?
- El señorito Marcos… En el hueco de la escalera… El señorito se ha ahorcado.
- ¡No!
- El señorito se me ha ahorcado – repitió de nuevo Yamila, y rompió a llorar, ya sí, desconsoladamente.

A lo lejos, desde el otro extremo del jardín, Cristina y su tío miraban sobresaltados, atónitos, presenciando la escena sin comprender nada de nada.
Y más a lo lejos aún, ululaba de nuevo el búho, no pudiendo si bien esta vez reivindicarse en medio del silencio, pues ya no había tal silencio.
El atardecer, la noche, que ya entraba dejándose caer subrepticiamente por sobre el irregular y montañoso horizonte, bajaba impecablemente vestida de luto. Con la serenidad que da saberse siempre en posesión de la verdad.

A Quasarts entertainment release.
© Food and Drugs, MMX

3 comentarios:

Arancha C. dijo...

¡Es simplemente genial! Mira que es largo, pero no he podido dejarlo un instante. ¡Me ha matado de risa!

¡Enhorabuena!

Natura dijo...

Buena historia y entretenida. Me la he leído de un tirón. Y el final... no me lo esperaba.

Un beso :)

mujer prevenida vale por dos dijo...

Impresionante... lo he leido de tirón, no puede ser de otra manera.