viernes, 16 de julio de 2010

Viernes microrrelato: La planeadora


Eran otros tiempos, que duda cabe. Todos éramos más bien unos chiquillos que a duras penas asomábamos las narices a la edad adulta. Era por tanto más un querer que un poder. Ni tan siquiera se podría decir que fuéramos aún adolescentes. Como mucho, de Héctor, nuestro primo mayor, de todos los de la pandilla el único que ya hacía gala de su carné de conducir, se podría decir sin reservas que no era un niño.

Oh no, desde luego que no. El era de todo menos un tierno infante. De hecho no hacía otra cosa que constantemente dejarnos boquiabiertos con lo mucho que sabía de la vida, poniendo en evidencia el largo trecho de lo que nos quedaba a nosotros aún por aprender.
Pero siempre había sido así. Toda la vida igual.
Él y sus travesuras, él y sus gamberradas, invariablemente proa del rompehielos en nuestros viajes hacia lo desconocido.
Su atrevimiento innato, y su ansía, tal vez también, de liderarnos, hacían que barrera alguna se opusiera a nada de aquello con lo que nos tentara.

Y así fue como aquella tarde de primeros de Septiembre, aburridos como estábamos, ya casi juntando las últimas monedas de un verano moribundo, uno más, después de lo cual no nos volveríamos a ver durante otros diez meses, nos animó para que fijáramos nuestra atención en un hecho concreto. De nuevo, en una circunstancia llamativa. Sugerente, y a la vez turbadora.
Estábamos paseando por uno de los muelles, el antiguo, del puerto de Vilagarcía de Arousa, cuando, como ya digo, Héctor reparó en la majestuosidad de una de las lanchas planeadoras que, a tenor de lo que se rumoreaba entre los lugareños, era la que usaba el más escurridizo, intrépido y famoso de los narcos de la zona.
Por supuesto, nosotros estábamos alucinados, no entendíamos como aquella embarcación, siendo lo que era, podía estar allí fondeada como si tal cosa. Las patrulleras de la guardia civil amarradas apenas quinientos metros más allá, del otro lado de la ensenada. Unas patrulleras que en comparación solo podían inspirar impotencia y fiasco.
Se diría, pues, que cada motor de la planeadora hacia por diez de los de estas. No parecía, no señor, ser objeto de discusión a quien pertenecían las aguas de la ría.

Y, para nuestro espanto, él, Héctor, reía a mandíbula batiente.
Nosotros no podíamos encajar semejante idea, la de una justicia y un orden esmirriados y aquiescentes, anegados en la contemplación de su propia inanidad, pero para él eso era un chiste.
Fue pues cuando se le agotaron las ganas de reír que enarboló su nueva y descabellada chaladura: Abordar la planeadora.
Yo pensé inmediatamente: Ni hablar.
Pero ya lo conocía bien, nada le detenía cuando algo se le metía en la cabeza.
"Sois unos cobardes" nos chillaba. ¿Qué peligro podía albergar esa acción, la de saltar a una lancha que flotaba a escaso medio metro del borde del espigón? ¿No lo habíamos hecho ya con anterioridad, cientos y cientos de veces, con los barcos pesqueros, o los mejilloneros?
Él seguramente no se acordaba ya de lo que se decía por ahí, que en lontananza siempre había alguien vigilando rifle en mano.
Y de hecho o no se acordaba, o no estaba por acordarse. Que sería más bien eso último.
La cuestión es que no esperó por ninguno de nosotros, nos llamó mariquitas y cagones tanto cuanto quiso, y sin más se arrojó sobre la cubierta de la inmensa lancha.

Todos le urgíamos a que se volviese, a que diese lo antes posible por satisfecha la travesura, pero su ansía exploratoria lo perdía.
Inspeccionaba cada rincón de la nave: El timón, los mandos, los relojes de aspecto supersónico, e incluso si era preciso se acuclillaba y rastreaba por el suelo, buscando, quien sabe, cualquier cosa, cualquier tontería que en su ojo de urraca pudiera brillar.
"¡Rápido!". "¡Termina ya!", le apremiábamos. Pero curiosamente desde que se había agachado, que prácticamente había desaparecido de nuestra vista, oculto bajo los asientos, nada sabíamos de él.
“¡Héctor, Héctor!”, le llamé. Cada vez más preocupado.

Pues cómo sería, que los minutos pasaban y no regresaba.
Decidí entonces, en un alarde de valentía, jugármela e ir a por él.
Ni mi madre, ni mi tía nos hubieran perdonado jamás volvernos solos a casa, dejando atrás a uno de los nuestros. Por más que fuera el caso para con el único mayor de edad.
Fue solamente saltar y hallarme ya flotando sobre aquel nido de escorpiones.

Y entonces fue cuando me lo encontré, allí tumbado boca abajo, haciendo algo que yo ni entendía, ni tenía posibilidad alguna de, con los alcances de mi por entonces exigua experiencia vital, entender.
Estaba rebañando con la mano una especie de polvillo blanco que menudeaba por el suelo, y que acto seguido se llevaba a la nariz, inspirando con fuerza.
“¿Pero qué haces?”, le pregunte en mi extrañeza.
“¡Toma, prueba, ya verás que divertido!”
Y, yo, infeliz de mi, una vez más le hice caso y probé.
Más nos hubiera valido entonces, vive el cielo, que en aquel momento alguien, un rufián de verdad, y no como nosotros, piratas de minicine, nos hubiera metido una bala de larga distancia por cabeza.
Habíamos caído en la droga. Y mientras flotábamos, ni nos imaginábamos a donde nos iba todavía a llevar aquella formidable y exuberante planeadora, de ni se sabe cuántos caballos de potencia…
Una total desvergüenza.

3 comentarios:

ave de estinfalo dijo...

:O

que bizarros pero que peligroso, que tal que los dueños del barco les hacian algo

y el final feliz jejeje

^^

Ya pues, cuidate mucho

byE

Arancha C. dijo...

¡Bonito relato!

Fiebre dijo...

La ley siempre va un paso por detrás. Triste, pero cierto.


Ahora entiendo mucho de tu persona. Escribes bajo los efectos de la farlopa.
:P