domingo, 10 de abril de 2011

Antes me cortaba un brazo

Fue sólo poner un pie en el recibidor que Irene comprendió que algo inusual estaba sucediendo. No era desde luego la quietud habitual de otros días.
De hecho, esta vez parecía no haber escogido el mejor momento para la visita semanal de rigor a la casa de sus padres. Ni siquiera Nieves, su madre, se había quedado a esperarla a la entrada. Se había limitado a dejar la puerta entreabierta, y que ella misma, y de su mano Gusín, este sí, bien repantigado en su cochecito, se proporcionasen por si mismos acomodo.
Una Nieves que demasiado trajín tenía encima para andarse con formalismos con la familia directa. Y es que ni el tiempo parecía llegarle para decir un simple “hola”.
Yendo como loca de un lado para otro, saliendo de un cuarto de baño y entrando en el de enfrente, de espejo en espejo... Y de telón de fondo todo el armario ropero de su habitación despanzurrado sobre la cama.

Tomó pues Irene la dirección de la que en tiempos había sido su habitación, y allí sin más, aparcó el cochecito de Gusín, Gustavo hijo, para más señas.
No estaban las cosas como para que, ahora que había conseguido que se durmiese, volviera de nuevo a la carga, excitado por las idas y venidas de la abuela.
De hecho su plan original, dejar el niño allí, al cuidado de sus padres, y mientras tanto bajar un rato a la cafetería de enfrente, parecía haberse ido al garete.
Ahora tendría que llamar a Sonia, su mejor amiga, y cancelarlo todo. Sin tiempo apenas ya para que fuera políticamente correcto. La gracia que le iba a hacer a esta era bárbara. Pero era cosa de un imponderable.

- Mamá ¿Se puede saber a que viene este ajetreo? ¿Vas a alguna parte? ¿Has quedado con alguien? ¿Me oyes?
- Ahora no puedo hablar. Tu padre debe estar ya abajo para recogerme con el coche, y ya sabes como se pone cuando se le hace esperar.
- ¿Entonces vais a algún sitio?
- Ay, dios mío, lo que me faltaba… Ahora se pone a sonar el móvil. ¿Me lo puedes coger? Está en la salita
- Sí. Ya lo oigo.
- ¿Pone quién es?
- Es papá.
- Pues dale al botón de okey y dile que ahora mismo voy, que me falta… ¡Nada!

Irene hizo eso, y cuando ya se disponía a calmar a su progenitor, muy probablemente impacientado ya hasta extremos insoportables, se encontró de pronto con que la recibía con una voz amable y relajada.
Y así sería, que durante unos minutos departiría con él, provocando eso sí la extrañeza de una agobiada Nieves.

- Mamá, dice que aún va a tardar unos cuantos minutos, que hubo un problema con el portón del garaje. Que te sientes y leas una revista.
- Ay, menos mal, porque es que me iba a dar algo.
- Sí, muy bien mamá, toma aire, que ni siquiera me has contestado todavía a la pregunta que te he hecho.
- ¿Pregunta? ¿Qué pregunta?
- ¿Que a dónde vais?
- A una exposición.
- ¿Eh?
- Que tu padre y yo nos vamos a una exposición.
- ¿Otra? No paráis. ¿Y de quién es esta vez?
- Pues esta vez es de Quety.
- ¿De Quety? ¿De Quety Bodelón?
- Eso es.
- Pero… ¿Pero cuantos años tiene esa mujer?
- Uuuuy. Pues como yo más o menos… Sesenta y muchos ya.
- ¿Y todavía sigue ahí, enfrascada con lo del arte?
- Ya ves.
- Pues si que le dio fuerte.
- Le dio, le dio… Pues aunque no te lo creas ahora parece que la gente le hace caso y todo.
- ¿De veras?
- ¡Fíjate tú! Hoy que es la inauguración, le van el alcalde y el presidente de la diputación, y bueno, prácticamente todas las fuerzas vivas de la provincia. Y ten en cuenta que no es ni más ni menos que en el Ateneo. Todo para ella sola.
- Vaya… Pues antes no le iba ni la tata.
- Ya ves tú. Lo que son las cosas. Pues ahora tenemos las invitaciones porque ella misma nos las dio en persona que si no…
- ¡Mamma mia! ¡Cómo se las gasta la gente…!
- Y todo, como ella dice, porque abandonó el postimpresionismo y regresó al realismo crítico, a lo que ella llama “discurso de trincheras”.
- Seguro que sí… ¿Y qué pinta, si se puede saber?
- Bueno, pinta… Hace collages, montajes en sala… Un poco de todo.
- Ya, pero ¿qué?… ¿Bodegones?, ¿paisajes?, O volvió a aquello ¿Cómo era? ¿Aquello de los maniquíes sanguinolentos…?
- No. Ahora… Ahora pinta… Ahora pinta penes.
- ¿Penes?
- Sí, hija, sí. Penes. Los pone de todos los colores y tamaños… Rojos, verdes, morados, fosforitos, para acá, para allá, haciendo esto, lo otro… ¿Qué quieres que te diga?
- Puff. Como se le va la olla.
- Mira tengo el folleto en el bolso. Es, bueno… No sé cómo explicarte. No sé si me dan ganar de reír o de ir al baño a vomitar. Mira. “Quety Bodelón, la desacralización en carne viva”. Sustituye, por ejemplo, la torre de la Giralda, por uno… ¿Ves?... Y en este otro cuadro de aquí, en lugar de las torres de la catedral de León, pues mete otros dos, y con la de Burgos tres cuartos de lo mismo… Y así con todo. ¿Lo vas cogiendo? Ajusta los tamaños y las texturas para hacer que le entren en el encuadre.
- Hombre, la verdad es que hay que reconocer que pinta bien. Me refiero a lo que son los edificios y eso.
- Pues ya ves. Con el talento que ella tiene… Y haciendo estas mamarrachadas.
- A ver, déjame ver, pásame el folleto… ¡Ay mamá! ¿Y esto qué es? Pero si parecen… Parecen…
- Ya. Veo que ya has visto a la tripulación del Dédalo, al regimiento de guardiamarinas del buque escuela Juan Sebastián Elcano.
- ¡Pero si estos los venden por toneladas en los sexshops!
- …Y ella va y los viste a todos de marineritos y como con un crucifijo en la mano, tal que si fueran a hacer la primera comunión.
- Mamá, te compadezco. La verdad es que no sé cómo vas a hacer para estar seria en ese sitio. ¡Qué chalada está la pobre!
- Bueno hija, la pobre… La pobre se aburre sola. El granuja del marido se le marchó con otra más joven, la hija se casó con un danés, Olaf, y para allá que se fue también con él, y el hermano pequeño, ni se sabe de su paradero. Anda dando la vuelta al mundo montado en un monopatín. Encontrándose a si mismo. Ya ves tú. Con casi cuarenta años que tendrá el “crío”, todavía con esas historias.
- Pero estos eran una familia buena, los Bodelones. De las de siempre. De muchos cuartos, y de comerse a los santos por los pies.
- Para que veas como ha cambiado el mundo en tan sólo unas décadas. Cuando me acuerdo de su abuela, doña Angustias, que era lo más apostólico, romano y beato que te puedas echar a la cara… Es que, bueno, llega a ver esto que hace la nieta, y se vuelve para la tumba con el rabo entre las piernas.
En esas estaban las dos, madre e hija, destripando las miserias vitales de quien al momento presente era el éxito social personificado, que de pronto sonó de nuevo un timbre. Esta vez en cambio no era el de un teléfono, sino el de la puerta misma del piso.
- ¿Quién será, mamá? No ha tocado al telefonillo.
- Sólo puede ser tu padre.
- Imposible. Acabo de hablar con él y estaba aún saliendo del garaje.
- Pues no sé.
- A ver, que ya voy yo a mirar.
- Si es tu padre, dile que pase, que se siente un rato y que no se ponga nervioso, que estoy en un pispás.

Irene se aproximó a la entrada, y antes de aprestarse a abrir la puerta, optó sabiamente por echar un ojo por la mirilla. Acción sabia, pues desde luego aquel que esperaba al otro lado, poco o nada se parecía a su padre. Más bien por su aspecto, bien se diría que se tratase de un anciano pedigüeño.

- Mamá. Parece un pobre.
- Entonces no le abras.
- ¿Cómo es posible que haya podido acceder al edificio?
- Yo que sé. Será que algún vecino al salir le habrá dejado la puerta abierta.
- Pues aunque me habrá sentido al otro lado de la puerta, ahí sigue el tío, sin moverse.
- Ya se irá. Olvídate de él. Ahora no tengo tiempo para andar rebuscando la calderilla de los bolsos.

Irene sin embargo, sabedora de que el dinero de pagar los cafés, el suyo y el de Sonia, ya no cumpliría su cometido, y que cualquiera que fuese el piscolabis que se le antojase lo iba a gorronear libremente de la despensa del que no hace tanto también era su hogar, sintió un repentino pinchazo en la conciencia.
Como si una voz en off que desde un estrado superior se le dirigiese, y la conminara a hacer lo que, a falta de nada mejor, vendría siendo la buena obra del día.

- Tranquila, mamá. Yo le daré unas pocas monedas que me han sobrado de la compra.
- Hija mía – sentenció Nieves – eres demasiado buena. Por ahí adelante, la gente no es tan buena.

Abrió pues la puerta, y antes de que pudiera reordenar en su mano el puñado de monedas sobrantes que pensaba darle, este, el hombre del otro lado, le extendió la suya con un pequeño tique, como el boleto de una tómbola, agarrado de su extremo.

- ¿Y esto? – preguntó inocentemente Irene, sin tiempo apenas para reparar en la letra impresa. Desde luego más impresionada, por la doblez de la manga derecha de su chaqueta, la cual llevaba prendida con un imperdible, poco más abajo de la altura del sobaquillo.
- La contribución de la parroquia – le espetó.

El pobre hombre estaba manco, sí, pero se desenvolvía perfectamente con aquel talonario de recibitos, casi con una habilidad circense.

- ¿Y cuanto es?
- Seis euros.
- Ya
- …
- Es que ahora no tengo suelto. Espere que voy a hablar con mi madre.

Irene cerró la puerta cuidadosamente, procurando que hiciese el menor ruido posible, y se fue en busca de Nieves.

- Mamá. ¿Qué es esto?
- ¿Esto qué? - El recibo este, que dice ese señor, que viene del obispado, o de la parroquia, o de algo así me ha parecido entenderle.
- ¡Ah, sí! Tu padre se empeña en pagarlo. El sabrá por qué.
- ¿Y?
- Y ahora no me atosigues, niña. No estoy en situación de ponerme a buscar el dinero. Págaselo tú, y luego que te lo abone tu padre.
- Mamá. Yo tampoco tengo ahora. De hecho lo que llevo encima es lo justo para, luego cuando me pase por la farmacia, coger los pañales de Gusín.
- Hombre, hija, pero si sólo son dos monedas de nada… No creo que te suponga tanto inconveniente.
- No son dos monedas mamá. Son seis euros.
- ¿Seis euros?... Tu padre está chalado.
- ¡Y tanto que esta chalado! Andar, ahí, dándole tan generosos óbolos a esta gente, que tanto dicen que ayudan a los pobres, y que son sus abnegados servidores, cuando en realidad se dedican a sangrarlos con impúdicas mentiras sobre cielos, paraísos y melocotón en almíbar. Todo ello aliñado a base de meterles miedo y mentarles la parca. Que si hay que ser esto y aquello, y todo el rato cantando las virtudes de la vida monacal y la resignación cristiana, cuando ellos no se privan de ningún lujo terrenal.
- Ahí has hablado hija.
- No te fastidia. Sacándose seis euros por la patilla de los muchos y muchos hogares de la gente caritativa y bondadosa que habrá… Así también creo yo en las cúpulas celestes y sus coros angelicales.
- Sus tesis no concuerdan demasiado bien. No cabe duda.
- Pues, por esta vez se van a quedar con las ganas… Y encima utilizando un minusválido, para que la gente sienta pena y no tenga vacilaciones a la hora de aflojar la cartera… Si es que se me revuelven las tripas.
- Mira hija… ¿Qué te parece el chal azul este con la blusa estampada?
- Muy bien, muy bien mamá.
- ¿Sí? ¿Tú crees que voy lo suficientemente… ¿Cómo se dice ahora?... “chic”?
- Sí mamá. Vas muy elegante.
- Ay, hija, el trabajo que da estar guapa. Quien fuera hombre.
- Sí, mamá. Pues como te iba diciendo, estos son unos aprovechados… Y lo han sido así siempre. Da lo mismo ahora que hace diez siglos. El problema que tienen es que ahora el discurso se les ha quedado obsoleto, y se encuentran con que no pueden dar marcha atrás. O sencillamente, que no les funciona igual de bien que antes. La gente ya no vive acogotada por la ignorancia y, gracias a los avances científicos, ya no es tan fácil reprimirla sexualmente. Estos… Estos son los que dicen que no al preservativo en pleno corazón de un Africa que agoniza enferma de sida, y que luego, intramuros, les meten mano a los niños y adolescentes desamparados que les han dejado a su cargo.
- Oigh, hija. Qué crítica te has puesto. La iglesia no todo son escándalos.
- Si lo son. Ha sido así toda la vida, mamá. ¿Quiénes eran sino los más sinvergüenzas en los pueblos y las aldeas? ¿eh? ¿Quiénes, sino los curas? Se atraían con sus monsergas a las mujeres al confesionario y una vez allí, aquí te pillo, y aquí te mato. Más aún… ¿Quién te dice a ti que no tengamos por ahí, en la noche de los tiempos, algún antepasado cura?
- Hala, qué bruta – Nieves, consideró oportuno desviarse un poco del tema - Bien ¿Y qué? ¿Sigue ahí el enviado de la parroquia?
- Pues todo apunta a que sí. Yo no he oído moverse el ascensor… ¡Anda y que se vaya por donde ha venido! Si queremos hacer el bien con nuestra pasta ya nos buscaremos alguna ONG decente.
- Ah, la decencia… Hace falta tener mucho tiempo, y ganas, para ponerse a buscarla hoy en día.
- Mira, mamá. Me da igual. Ya sé que son todos unos cantamañanas cuyo único propósito es agenciarse los dineros que han sudado otros. ¡Pero a estos… es que ni agua!!! Panda de embaucadores.
- ¡Niña, qué vas al infierno!
- Sí, tú búrlate mamá, pero si estos caraduras viven tan bien, es porque todavía hay mucha gente crédula que se traga sus embustes.
- Estafadores, corruptores de menores… No te paras en barras a la hora de calificarlos.
- Y todavía me quedo corta. Toda la vida reprimiendo según ellos el vicio, y eso a sabiendas de que lo único que se consigue con esa actitud, es exacerbarlo todavía más. Pero eso es lo de menos, lo verdaderamente importante es que se llenen bien los cepillos con las limosnas de los que nada mejor tienen en esta vida a lo que encomendarse. Esa pobre gente que vive abandonada y por completo desesperanzada, y a la que sus cuentos de hadas les entran como cuchillo en mantequilla. ¡¿Pues sabes qué, mamá?!... Que yo no dejo que ese señor, por muy manco o muy cojo que esté, me sablee a mí también. Mi vida ni está vacía, ni hueca, ni gracias a di… a… a la suerte… ¡y qué diablos, a mi esfuerzo personal!, me falta nada de lo realmente importante. Conmigo no hay negocio.
- ¡Ea! Menudo carácter te ha salido desde que eres madre, Irenita.
- Puedes jurarlo, mamá. La venida al mundo de Gusín, me ha hecho que abriera, como nunca antes, los ojos frente a las pillerías y los mangoneos de la gente. Ahora más que nunca me siento alerta. Alerta y dispuesta al combate – terminó riéndose.
- Ajá, hija. Ahora parece que se oye el ascensor.
- ¿Segura?
- Sí
- Eso es que se ha ido.
- Muy probablemente. Espera que lo compruebo por la mirilla… En efecto, se ha ido. ¡Bien que le ha costado!
- ¡Ay, demonios! Y la tonta de mí, que casi me he olvidado de tu padre. Dios mío, diez minutos que han volado. Me va a matar.
- Corre mamá. No vaya a ser que se te fugue con otra más jovenzuela, como a la pobre de Quety.
- Dios no lo quiera, hija. Dios no lo quiera… Sería el acabose.

Nieves finalmente logró aunar en su imagen personal ese toque intelectual y de vanguardia, y al mismo tiempo clasicista, que perseguía, y con el que pretendía mantenerse lo suficientemente distante, sin por ello necesariamente tener que pasar desapercibida. Vamos, que si no el estado ideal de la materia, casi. Y así, sin dejar de dar un sonoro portazo, corrió por fin al encuentro de su marido.
No era demasiado tarde, pero empezaba ya a claudicar la intensidad de la luz solar. Irene se sintió entonces por un momento abatida ella también. Tal vez sería el aburrimiento de verse repentinamente sola, o quizás la fulgurante entrada de una primavera recién estrenada, que había sido demasiado gravosa para madre e hijo, ambos de genética proclive a las alergias.
La cantidad de antihistamínicos ingeridos era, en cualquier caso, sobrada justificación para lo muy derrengada que estaba. Aparte, obviamente, de haberse pasado el día luchando con Gusín. Que cualquier mujer que sea, o haya sido, madre, sabe bien que los primogénitos son como la guerra del catorce. Gas mostaza, incluido.
Se fue pues a la que había sido la habitación de su infancia y pubertad, la misma en la que había dejado aparcado el cochecito de Gusín, y se tumbó en su antigua cama, intentando que al menos por un momento, sus pies y pantorrillas dejasen de torturarla. ¡Qué recuerdos acudieron entonces a su memoria! Primeros amores, primeros fracasos, el despertar de la propia autoconciencia, y al fin y al cabo, después de tanto batallar angustiosamente, mal que bien, todo había acabado llegando. De hecho por fin podía mirar a aquella personita, los ojitos cerrados, respirando suave y dulcemente como si en su alma no cupiera poso alguno de maldad, soñando este también entre aquellas cuatro paredes.
Toda una osadía describir los sentimientos de Irene. Su pertenencia más preciada, ocupando el lugar en la vida que un día a ella también perteneció.
Y por un momento la orgullosa madre cerró también los suyos, y se preguntó a si misma si había o no ocasión más a propósito para llorar de felicidad.
Cosa que al final desestimó, pues hasta para eso estaba demasiado cansada.
Aunque no fue esa la única razón de que el momento de éxtasis maternal se viera truncado. El fugaz recordatorio de que el niño estaba bajo mínimos en lo que hace al stock de pañales, la puso de inmediato en guardia. Todo era admisible menos una ruptura de stock en términos de pañales.
Había pues de coger y ponerse en marcha antes de que cerrasen. Así no tendría que pedirle el coche a Gustavo padre, para ir, quien sabe a qué horas, hasta el quinto infierno en busca de ellos.
Además la farmacia de Amalia, la de toda la vida, estaba a tiro de piedra. Sería perfecta de camino al parque de san Anselmo, desde donde ya podría coger un taxi a casa sin problemas.

Fue así que en cinco minutos, se había puesto allí, con niño y todo. No hay que olvidar que las maniobras de montar y levantar el tenderete, como a ella sarcásticamente le gustaba denominar su constante peregrinar con Gusín, las tenía por completo dominadas.

- Buenas – dijo al entrar en la farmacia.
- Ay, dios mío. Irenita. ¿eres tú? Ay, hija, cuanto tiempo – la correspondió la boticaria.
- ¿Que tal, Amalia? ¿Cómo andamos?
- Pues ya lo ves, hecha una anciana. En cambio tú… ¡Hija mía, estás que no se te reconoce! ¡Espléndida!
- ¡Qué va, mujer! Anciana, dice… ¡Pues yo también te encuentro fenomenal!
- Ay, ojalá hija, ojalá. Cada día estoy peor de lo mío. No sé si sabrás que recientemente me hicieron un transplante de riñón.
- Ah, pues no sabía.
- Que afortunadamente llegó a tiempo el donante, y quiso dios que fuera compatible, que sino… Sino estaba ya haciendo inventario con San Pedro… Que, ahora que me doy cuenta, ese que traes ahí será tu niño.
- Pues sí.
- Ay qué rico… Criaturita… Ya me había dicho tu madre… Lo que no me dijo es que era tan guapo.
- Bueno…
- Es idéntico a vosotras. Tiene la misma carita.
- ¿Sí? ¿Tú crees? El resto de la gente que conozco dice sin embargo que es un calco del padre.
- No sé, hija. No sé como será el padre, seguro que muy guapo también, pero esa naricita… Dime pequeñín… ¿De quién es esa naricitaaa?

Irene se sonrió amablemente, emparedada entre Amalia y su ayudanta, que no apartaban la vista de los pucheritos de Gusín.

- Bueno, niña, y dime ¿Qué te trae por aquí? ¿Qué necesitas? – la inquirió finalmente Amalia
- Pues verás, que Gusín es alérgico a casi todo, como yo, y necesita un tipo especial de pañales. Los extrasoft hypoallegenic de Jameson’s baby.
- ¿eh?
- Sí, mujer. Los que anuncian por la tele… Que los anuncia una ranita muy simpática.
- Ay, no sé hija, yo ya estoy un poco en fuera de juego de esas cosas, pero, mira, seguro que Laura, mi nueva auxiliar, te puede ayudar.
- Por supuesto. Espera un momento que voy a ver si los tenemos – dijo Laura, yendo presta a mirar a la rebotica.
- Ay, Amalia, no sabes la mala vida que me da, no come, no duerme, pero es… Es tan… No hay palabras para describirlo... Es mi ojito derecho.
- Te comprendo perfectamente. Yo ya tengo nietos, sabes, y antes pensaba que ni fu ni fa, que sí, que me tocarían algo, pero muy de refilón, y en cambio, me encuentro ahora con que los quiero con locura. Vamos, que no los cambiaría por nada del mundo.
- Pues poco más o menos igual que yo con Gusín. Me tiene en un puño. Vamos que ni por todo el oro del mundo, ni por nada. ¡Lo que me ofrecieran! ¡Más aún, antes me cortaba un brazo que tener que desprenderme de él! ¡Se ha convertido en mi razón de vivir!
- Ay, qué maravilla es ser madre. ¡Cuánto serviría tu ejemplo de inspiración a nuestro movimiento antiabortista!

Poco podía sospechar Amalia lo fuera de lugar que estaría su comentario. Pero no era cosa de empañar el momento con discusiones ñoñas y traídas a contrapelo, pensó para sus adentros una Irene condescendiente.
Aparte… ¿Qué otra cosa se podía esperar de la licenciada doña Amalia Ortiz de Iñarritu?
Su forma de entender el mundo se hallaba anclada a muchos lustros de profundidad. Nada podía extrañar a nadie que en su discurso se percibiera ese repiqueteo añejo, reflejo de otra época, y tan semejante al de los pasodobles grabados en discos de pizarra.
Doña Amalia era un personaje entrañable, qué duda cabe, pero ello no la libraba de tener, como todo el mundo, alguna que otra arista cortante. Sea como fuere, la conversación entre ambas mujeres, se había conducido a un punto muerto.
Y mientras tanto Laura, la bienintencionada ayudante, no acababa de dar con los dichosos pañales.

- Parece que no los encuentra – dijo Irene.
- Es que lleva aún poco tiempo aquí. Será mejor que pase yo adentro con ella, a ver si entre las dos… O mejor, tú que conoces bien como es la cajita por fuera, podías ir allí, y así tal vez sea más rápido. Que la chica quizás la tiene delante de las narices y no es capaz de reconocerla.
- ¿Y el niño?
- El niño, ningún problema. Yo me quedo cuidando de él.
- Pero…
- Cinco hijos y catorce nietos te contemplan. ¿En qué mejores manos puedes dejarlo?
- Está bien.

En la rebotica el desorden era proverbial. Suciedad, telarañas, y bombillas de los tiempos de Edison que, lejos de alumbrar, demostraban no tener gran interés en enemistarse con las sombras.

- Esto está, como ya has comprobado, hecho un caos – se excusó Laura.
- Puedes jurarlo.
- Es culpa de la jefa, que no quiere contratar a nadie más, y desde que tuvo lo del riñón, no pega sello.
- Comprendo.
- Antes atendía a los clientes, recibía a los visitadores… Ahora nada. Vida contemplativa total. Una sonrisa aquí, unos buenos días allá, y del resto me tengo que ocupar yo sola.
- Pues vaya papeleta.
- Bueno. En cierto modo yo lo entiendo. A fin de cuentas fue muy gordo lo de la operación. Según me contó un conocido de la familia, estuvo dos días en coma por los efectos de la anestesia, que no sabían los médicos si se iba a despertar o si no.
- Vaya historia.
- Y si tan solo fuera eso, pues todavía iba tirando, pero es que ya no es la primera vez que le da así como un vahído, que se queda medio p’allá, y que luego igual esta dos o tres horas que no sabe donde tiene la mano derecha, ni donde la izquierda, e incluso ni es capaz de farfullar algo medianamente inteligible.
- Tremendo eso que me cuentas.

Cómo les gusta a los empleados despotricar de sus jefes, pensó luego para sí, Irene.
El caso es que la situación se alargaba, y sin los pañales no se podía marchar de allí, por más que en ese momento concreto su localización se antojase quimérica.

Hubieron pues de pasar bastantes minutos todavía, para que al fin entre unos cuantos fardos de cajitas de supositorios, todavía sin desembalar, envueltos tal cual en el celofán de fábrica, se asomase una esquina, tan solo una esquina, de una al menos de las bolsas de pañales de la marca deseada.

- Extrasoft Hypoallergenic Jameson’s baby – leyó en voz alta y con gran alivio, una Laura satisfecha.
- Esos son. Pues si que se han vendido caros. Aparte de ser caros ya de por sí –ironizó Irene.
- Si lo son. Pero no te preocupes que te haremos un descuentillo especial por las molestias y todo eso.
- Ah, no. Tranquila. Si no ha sido nada. Aparte, en ningún momento he oído llorar al niño. Vaya pues el trabajo de niñera como compensación del de almacenera.
- Ya te digo – rió Laura, que apagó las luces, y se llevó consigo a Irene de vuelta a la tienda propiamente dicha.

Por supuesto ninguna de las dos esperaba encontrarse con lo que, ya una vez allí, la realidad les depararía.
Para empezar, doña Amalia, se encontraba tendida en el suelo, en una postura nada recomendable para su artrosis, y echando espumarajos por la boca. Si bien, con eso ser grave, no era lo que más, pues el cochecito de Gusín, y Gusín con él, habían desaparecido.
Fue pues lanzarse la una a atender a su jefa y la otra a buscar, como loca, a su niño extraviado. Pero de este último, ni rastro.

- ¡Mi hijo!, ¡mi hijo! – imploraba la una
- ¡Un médico! – la otra.

Salió pues a la calle Irene cual centella, pero en medio de tanta confusión, y de su propio enajenamiento, poco o nada era capaz de colegir.

- ¡Allí! – le gritó entonces una Laura que se había asomado al escaparate, y que le señalaba, dedo en ristre, por donde una sombra difusa enfilaba la calle en dirección hacia el parque de san Anselmo.
- ¿Allí?
- Sí, lleva claramente el carrito.
- ¡Al ladrón! – gritó entonces Irene, presa de la histeria. Y sin perder más tiempo, se arrancó a correr detrás de él.

Era en principio una batalla desigual, pues de ella, que no hacia deporte de ninguna clase, poco o nada se podía esperar en una persecución. Pero algo de verdad habrá en eso que cuentan, de que una mujer en la defensa de sus hijos es capaz de desarrollar tanta o más fuerza que un superhéroe de cómic, rememorando ahora la tan manida anécdota esa de la madre y su bebé atrapado bajo las ruedas de un camión.
Sea como fuere, esa legendaria fuerza sobrehumana, se trasladó enseguida a la carrera de Irene, recortándole ostensiblemente las distancias al fugitivo raptor.

Era, obviamente, un esfuerzo agónico, sin cuartel. Nada se dejaba para más tarde. Nadie dosificaba fuerzas. Era la más cruda expresión de la lucha por la supervivencia propia y la de la camada. Los majestuosos abetos del parque de San Anselmo, que pronto se convirtieron en escenario exclusivo del drama, bien podrían hacerse pasar por sus emparentados congéneres de la Selva Negra.
Era desde luego, el lugar ideal para perderse de vista, pero como ya digo, sea por el engorro que a aquel desaprensivo le causaba el ir carreteando el cochecito, o por cualquier otra causa, poco a poco Irene se le conseguía ir echando encima.
Pocos metros pues les separaban ya cuando, para su inmensa sorpresa, logró identificar al secuestrador.
¡¿El cobrador de la parroquia?! Se interrogó a sí misma incapaz de dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo.
No era posible que un hombre tan mayor, supuestamente afecto a ideales y creencias enraizadas en la órbita de la religión católica, pudiera darse a semejante comportamiento. Era algo por completo descabalado.
Sin embargo, mientras corría, y a la vez que apretaba el paso, Irene aún tuvo tiempo de rebuscar en su cabeza las más variopintas explicaciones. Naturalmente, todas ellas, las explicaciones, elaboradas con el grado de reflexión que se puede uno permitir, con los vasos sanguíneos del cerebro soportando un tute de más de ciento veinte pulsaciones por minuto.
Lógicamente, en cualquier caso, siendo el cobrador de la parroquia el autor de la tropelía, y dada su estrecha relación con el clero y sus, a decir de muchos, opacas instituciones, lo primero que le vino a la cabeza fueron los escándalos de pederastia que durante todo ese año no habían cesado de conmocionar a la opinión pública.
¿Iba a ser Gusín arrastrado a un hospicio de la otra punta del globo, y ya allí convertido con el paso del tiempo en una nueva víctima más?
¿Sería, por el contrario, respetado, y empleado más bien para su venta como hijo de adopción a una familia de potentados o altos cargos militares del cono sur?
¿O sencillamente su rapto no guardaría relación alguna con nada de lo anterior, y sería distribuido por piezas en el mercado negro de los trasplantes de órganos? Quizás a señoras adineradas, y de cierta posición social, como doña Amalia, les urgiese adquirir alguno de sus riñoncitos, en este caso, para alguno de sus catorce nietecitos que hubiera venido al mundo defectuoso de fábrica.
Un turbio asunto en la que la colaboración del miserable cobrador de marras sería impagable. Sea lo que fuere, Irene no era capaz de salir de su asombro. Aquel anciano huyendo a la carrera, a esas velocidades, y con un pretexto tan ruin… Era demoníaco.
Afortunadamente ya apenas rozaba su mugrienta chaqueta de tergal con la yema de sus dedos. Le tenía, por así decirlo, prácticamente echado el guante.
Pero no dejaba de ser un momento de gran intensidad física y emocional. Las fuerzas a punto de agotarse definitivamente. A cada zancada costando más encadenar la siguiente. El llanto estremecedor del niño, que se podía oír perfectamente y en todo su dramatismo, llevando aún más si cabe hasta el límite de lo humanamente tolerable, la resiliencia de la madre.
Y encima, por si con todo eso fuera poco, se le ponía a sonar, justamente tenía que ser en ese preciso instante, el teléfono móvil.
¡Qué cosa tan cruelmente absurda! – se terminó venciendo, exhausta, la pobre mujer.

Que fue entonces cuando de pronto se encontró en la habitación suya, de la casa de sus padres, tendida sobre la cama. No había cobradores, ni piezas que cobrar. El resplandor ambarino del alumbrado público, entrando en haces divergentes por las rendijas de la persiana, iluminaba tenuemente el rostro de un Gusín que berreaba como un descosido en demanda de atenciones. No en ningún parque sombrío y aterrador, sino apenas a una cuarta del borde de la mesita de noche, la misma desde donde el móvil se agitaba vibrando y timbrando, cual si en su corazón electrónico hubiera recibido la orden de acabar con aquella espantosa pesadilla.

- Dios mío – se frotó su sudorosa frente Irene - ¡Qué pesadillón!

Y dicho esto se echó a su regazo a la criatura, para después atender la llamada del móvil, de Gustavo padre. Un Gustavo padre al que no sorprendió tanto la sonora llantina de su vástago, a la que ya estaba de sobra acostumbrado, como la más comedida, pero desde luego inesperada de su esposa.

-¿Qué te sucede Irene, que te noto mal la voz? – preguntó extrañado.
- Nada, cariño, nada, que vas a tener que irnos otra vez tú a por pañales a la farmacia que está junto al tanatorio.
- Caramba. ¿Y eso? ¿No has tenido tiempo de bajar tú ahí, a esa que está ahí al lado?
- Imposible, Gus. El niño me ha dado una tarde de perros. Esta vez ha sido te juro que infernal.
- Tranquila, cariño, tranquila. Te comprendo… Sé yo bien… Sé yo bien como es la cuestión cuando el señorito saca el genio… No, si cuando dices que te faltan brazos para manejarte con él. ¡Cuánta razón tienes!

Un escalofrío recorrería en ese preciso instante el cuerpo de Irene, tal vez, o tal vez no, desencadenado por el chirriar de bisagras que haría la puerta de entrada al domicilio, con la llegada de su madre, Nieves, y su padre Damián.

- Ah ¿Llegáis ahora? – inquirió todavía medio llorosa y algo adormilada, pero esforzándose por aparentar normalidad absoluta.
- Sí, hija, sí.
- ¿Y qué? ¿Qué tal la exposición de Quety?
- ¡Penosa!

4 comentarios:

Alice se perdió dijo...

Ufff... Pelín largo para estas horas. Me lo leo mañana en el curro, que tengo más tiempo.

Besiños,

Alice se perdió dijo...

Y yo que me veía al cobrador manco pidiéndole el brazo a Irene a cambio del niño para vengarse en ella de aquel que se lo cortó a él... ¡Qué estrés me has hecho pasar!

¡Qué bueno lo de la exposición pen-osa!

Besos

Merce dijo...

Correr en sueños (pesadillas) puede ser agotador!!!

:-)

Food and Drugs dijo...

Arancha:
Un poco largo, no, bastante largo, y eso que hice todo lo posible por recortarle metraje.
Encima te lo has leído sin editar, como lo escupió el blogger...
Eres una devoradora de textos, luego no extraña que escribas tan bien.
;-)

Merce:
¿Se me nota mucho que lo de correr me está royendo el seso? ¿no?
Además lo escribí en el portátil, estando casi todo el rato de pie para que las piernas no se me acostumbren a la buena vida.
Tengo que buscar una clínica buena de desintoxicación.
:-)