domingo, 30 de mayo de 2010

La felicitá perduta

Marta, una jovencita de veintiún años y por cierto, de bastante buen ver, y su tía Carmen, con la que se llevaría al menos dos décadas de diferencia, llevarían alrededor de tres horas, si no más, encerradas en el coche de esta última en misión secreta. El por qué de ello, las sospechas que albergaba la buena mujer, sobre unos más que probables escarceos amorosos de su marido.

- ¿Tía? ¿Qué es esto? ¿Romina y Albano? ¿Cuántos años tiene esto?
- Anda, deja eso y abre los muslitos.
- Que mal suena eso, tía. Por un momento me has recordado al cafre de mi ex.
- No seas tonta, y trae para acá el pollo antes de que se enfríe.
- Toma
- Ñam, Ñam. Que hambre tenía.
- Mmmm. La verdad es que, el estar tanto rato aquí paradas, te mete en el cuerpo un hambre del demonio.
- Sí. Una nueva batalla perdida contra la celulitis.
- Jope, tía, que negativa. Pero si ya quisieran muchas niñas de mi edad tener una cintura, y un trasero igual de firme que el tuyo.
- Eso es cosa del pasado. Martita. Créeme. Si no fuera así, no nos tendríamos que ver hoy como nos tenemos que ver.
- Bah. Al final se demostrará que todo no son más que suposiciones erróneas y nos echaremos unas risas.
- Jejeje. Bendita juventud. ¡Cuánto tienes que aprender aún, monina! ¡Y deja ya la puñetera cinta en la guantera! ¿No ves que es una casete y que esto es un reproductor de CD’s?
- Es que me hace gracia, tía. “La felicitá”… Justamente el meollo de todo lo que hoy nos ocupa.
- La felicitá. Sí… Está bueno el tema – Carmen tomó la cinta entre sus manos, y la miró con desapego - No sé qué hace ahí. Debió pertenecer al anterior dueño del coche. Porque lo cierto es que el trasto este tiene ya un buen porrón de inviernos a sus espaldas. De hecho no es poco milagro el que aún ande. Pero claro, Álvaro se emperró en comprar el BMW, y ahora en lugar de tener dos coches medianamente aceptables, uno para cada uno, me tengo que apañar yo con la cafetera esta.
- Es un Opel kadett, tía. Según tengo entendido, en su época era un coche bueno.
- Dices bien “en su época”.
Carmen bajó la ventanilla, y haciendo gala de unas ciertas dotes para el baloncesto, lanzó la casete hacia una papelera cercana con intención de encestarla.
- Vaya hombre. No pudo ser.
- Pero, tía. ¿Qué haces?
- Yo que sé, niña, yo que sé. Que estoy muy nerviosa.

Otras tres horas transcurrirían, plúmbeas, y con una espasmódica y fluctuante digestión de por medio.
Unido a ello, la falta de movimiento frente a los parterres ajardinados en los que se hallaban apostadas, apenas a doscientos metros de distancia del chalet adosado, dentro del perímetro bajo vigilancia, empezaba ya a infundir dudas y desmoralización en la muchacha.

- Tía Carmen, yo empiezo a dudar de que el tío esté ahí dentro. Son ya muchas horas seguidas de dale y tumba. Lo bueno además de las infidelidades es que no hay que atarse a la pareja en cuestión, se la toma cuando hace falta y en pequeñas cantidades, como las barritas energéticas.
- Calla tonta ¡Qué sabrás tú del tema!
- Mira tía, si tuviera que apostarme algo en todo este lío, me lo apostaría a que el tío no está ahí, a que todo ha sido una paranoia tuya.
- Ya. Lo que pasa es que estás cansada y te quieres largar.
- ¿Pues sabes qué? Que a lo mejor no te falta razón.
- Estupendo. Lo que me faltaba. Tan buenas amigas que dices siempre que somos. Mi sobrina favorita, mi ojito derecho, mi paño de lágrimas, me quiere dejar también tirada.
- Yo no quiero abandonar, tía, eso no es cierto. Lo que pasa es que aún cuando estuviéramos sobre una pista correcta, todo esto no deja de ser ridículo. Ridículo y además no está bien.
- ¿Pero no eras tú la que decía que quería ser espía? ¡Vaya una mierda de espía que no puede aguantar una sola tarde al pie del cañón!
- ¿Cuándo dije yo eso?
- Cuando eras pequeña ¿No lo recuerdas?
- Pues no
- Vale. Olvídalo.
- De verdad que no me acuerdo.
- Está bien. No importa. De todas formas te va a hacer falta acostumbrarte a tener más aguante, y desde luego mucha más paciencia, si en realidad quieres transitar por esta vida con un mínimo de decencia.
- Aguante tengo bastante tía. Te lo puedo asegurar.
- ¡La hemos cagado!
- ¿Qué pasa ahora?
- Un municipal.
- ¿Y? ¿Qué nos puede decir?
- Pues para empezar que estamos en zona amarilla. Y eso mientras no pida el recibo del seguro.
- Mierda, tía. No fastidies.
- No fastidio.
El agente, un muchacho joven y apuesto se acercó a la ventanilla, y se dirigió a una Carmen esquiva y que más agazapada en el asiento no podía hallarse. De ser una tortuga sin duda se habría metido dentro de su caparazón.
- Buenas tardes.
- Buenas.
- Es usted consciente de que ha estacionado en zona amarilla.
- ¡No me diga eso! ¿En serio?
- En serio.
Por un momento un incómodo silencio se enredó en los pensamientos de Carmen que apenas fue capaz de hilvanar excusa alguna en su descargo.
- Sintiéndolo mucho, me veo obligado a tener que multarla.
- Eso es muy fuerte, agente.
- Me temo que es así.
Ya parecía irreversible el hecho, y que nadie las iba a librar de cotizar a la concejalía de tráfico y seguridad ciudadana, por la vía punitiva, cuando de repente, Marta, Martita, vio la luz abrirse camino por un reflejo en el retrovisor.
- ¿Tomás?
- ¿Eh?
- ¿Tomás García Toledano? – se reafirmó esta volcándose casi sobre el regazo de su tía, en un intento de establecer contacto visual con el agente.
- Pero si… ¡Marta!... E… Eres Marta Gorriarán.
- En efecto. Buena memoria.
- No. Buena memoria la tuya. De hecho como me iba a olvidar… Claro. Las franciscanas. El último año del bachillerato. Inolvidable aquella función de fin de curso en el que hiciste el playback de Britney Spears.
- Si. Es verdad. Britney Spears.
- Imposible olvidarse de la cara de la madre superiora cuando te quitaste la chaqueta de cuero, y debajo sólo llevabas aquel sujetador de encaje negro. La gente se volvió loca.
- Ya ves que tontería.
- ¿Y esas gafas? Tú no eras precisamente de las empollonas.
- Bueno, sí que lo era, pero lograba disimularlo bastante bien. Antes sólo tenía una dioptría, como quien dice nada, pero últimamente de pasar tantas horas entre apuntes, algo me debió de crecer.
- Entonces, ¿sigues estudiando?
- Pues sí. Estoy ya en cuarto de filología, y posiblemente haga un master, aunque todavía no lo sé. Hay algunos flecos sueltos… Pero espera un momento, que soy una maleducada.
Marta salió del coche y, aunque tímidamente, se acercó al joven oficial, al que ya de buenas a primeras, estampó dos besos.

- ¿Y tú que tal?
- ¿Yo?
- Sí. Para empezar se te ve bastante, como diría yo… En el colegio eras más enclenque.
- Bueno, la buena forma física es parte esencial de nuestro entrenamiento diario, y, todos los días un poco, quieras que no…
- Pues te sienta muy bien.
- Gracias.
- Pues oye, ni idea de que te habías metido a poli local.
- Ya ves.
- Y no serás tú uno de los que el año pasado, o fue el anterior… hicieron un calendario benéfico que…
- Sí, el calendario, sí – Tomás se rió de mala gana – No me hables de ese calendario que estoy de él hasta los mismísimos. No sabes cuanto me arrepentí.
- Pero si todo el mundo hablaba de él. Es más, casi no se hablaba de otra cosa. Durante una temporada poco más o menos que encarnasteis los cánones de belleza masculinos. Además… ¿No era para salvar a los tigres de Bengala?
- Si, los tigres de Bengala, sí. ¿Ves a lo que me refiero? Al contrario de lo que mucha gente podría pensar, en lugar de servirnos para ligar, nos costó la burla y el pitorreo indiscriminado de cientos y cientos, sino miles, de reprimidos y envidiosos. Y era – remató el muchacho con voz contrita - a favor de los niños leprosos del Beluchistán.
- Un buen fin. Y como dicen por ahí, el fin justifica los medios.
- Mmmm. No precisamente un lema a seguir por un policía.
- Sí. Jajaja – se rió Marta con malicia, quien ya de paso comenzó a embalarse.
- ¿Y te dan una pipa?
- ¿Una pistola, quieres decir? Claro, es parte de la equipación.
- ¿Me la dejas?
- ¿Estás loca? Claro que no. Norma número uno: El agente deberá mantenerse en todo momento en posesión de su arma reglamentaria.
- ¡Venga, hombre!
- ¡Que no! No me pidas eso. Incurriría en una infracción muy grave, sancionable con la expulsión del cuerpo.
Marta no era una chica acostumbrada a escuchar negativas en labios de los hombres, y menos aún cuando ponía en pie de guerra todo su arsenal de feminidad.
Para ella desde luego era casi una cuestión de estado revertir esa situación. Más importante si cabe.
- Pero bueno, hombre. ¿Quién nos puede ver aquí? ¿A santo de qué tantas precauciones ñoñas?... No te voy a disparar con ella.
- No es eso. Ahora mismo ni siquiera lleva balas de verdad. Es una cuestión sencillamente de atenerse a la normativa. Soy un profesional.
- Bobadas.
Martita alargó el brazo, y en un movimiento felino, se apoderó del objeto de su deseo.
- Nooo. Marta – suspiró Tomás con abatimiento.
- Ves como no hay nada de lo que preocuparse. Si te la voy a tratar con mucho cariño. ¿En qué mejores manos puede estar?
- Marta, por favor. Devuélvemela ya, y acabemos con esta broma pesada. No es un juguete.
Marta se parapetó del otro lado del coche y comenzó a simular escenas de acción al estilo de esas series policiacas que tanto le gustaban.
- Pum, pum – se burlaba del muchacho.
- Nunca debí haber hecho aquel calendario – murmuró este.
Intervino entonces su tía Carmen, a quien ya, teniendo en cuenta la hora que era, la tensión soportada a lo largo del día y los celos que le producía el ver a la niña ligando con un uniformado de carnes prietas, no pudo contenerse más.
- ¡Martita! ¿Te quieres estar quieta? No sé que haces perdiendo ya más el tiempo con el municipal, dame que firme la multa y larguémonos de aquí.
- Tranquila tía – le susurró al oído – lo tengo a punto de caramelo. De momento, toma. Flipa con lo que le he birlado.
- Pe… Pero. Esto es una pistola.
- Una pistola de verdad. Su pistola.
- Toma, niña. Devuélvele esto ahora mismo al guardia.
- Calla tontaina, y sígueme el juego, que este acaba yéndonos a un Macburger a por la merienda.
- No, yo me quiero ir ya… ¡Marta!
La joven no quiso atenerse a razones, y rodeando de nuevo el vehículo – mal estacionado – se fue otra vez a por su excompañero de instituto.
- Venga Marta, compórtate – volvió a insistir un Tomás que por momentos se desesperaba – Tu no eras así.
- ¿Así? ¿Cómo?
- Tienes cara de buen chica. Y por lo que recuerdo en tiempos lo eras. Una de las alumnas más serias y responsables que he conocido. ¿Qué te ha pasado? No has podido cambiar tanto. Pasar de ser de aquella manera a esta otra – de nuevo Tomás trató de ser lo más persuasivo posible, siguiendo punto por punto los patrones aprendidos en la academia - Vamos. Nos estás exponiendo innecesariamente a un disgusto muy gordo.
- Los años, y las experiencias vividas, cambian a las personas – le espetó entretanto esta, al tiempo que esbozaba una sonrisa pícara.
- Por favor, Marta. No la liemos.
- ¿Porque no quieres que la liemos? A lo mejor no sabes lo que quieres y resulta que estás deseando que haya lío como el que más.
Marta no reparaba en el uso de insinuaciones y dobles sentidos, allá donde fuera menester y el sesgo lo permitiese.
- Vamos Marta. No me hagas esto. Yo te admiraba. No lo eches a perder.
- ¿Me admirabas?
- Está bien, te tenía cierto aprecio.
- ¿Aprecio?
- Vale. Tú ganas. Estaba colado por ti, pero no hay nada extraño en ello. Toda la clase lo estaba. Lo del playback fue mucho.
- ¿Me amabas?
- No seas tonta.
Marta se sonrojaba y reía, y contagiaba esa risa nerviosa a Tomás. Pero no tenía ni la más remota intención de parar, aún cuando por un momento se sintió frágil, y una mirada profunda del muchacho, que durante unos segundos permaneció suspendida en el aire, la hiciera zozobrar.
Puede que actuase como una desvergonzada, pero qué otra cosa le podía inspirar la cercanía de un chico al que había visto en cueros media ciudad, sin apenas una mísera hoja de parra con la que cubrir sus varoniles atributos.

- Así que fue que amaneciste a la pubertad soñando conmigo – se aventuró finalmente a esgrimir esta.
- Se puede decir así.
Muy serio, Tomás se había entregado al enemigo, con la esperanza de obtener compasión, y poder salir, mal que bien, del entuerto.
Y por un instante, ese pareció ser el efecto logrado. Marta de hecho, aún no era capaz de calibrar muy bien el alcance de aquella insospechada y repentina confesión.
Inusitadamente en su pecho sintió como si de pronto se abriese un hueco en el que albergar emociones hasta entonces adormecidas.
Sus manos y brazos comenzaron a moverse atropelladamente, y sin saber porque, quiso de nuevo volver a ser la chica seria y responsable de antaño.
Pero entonces, inmersa como estaba en estas cavilaciones, se vio de golpe y porrazo, sobresaltada por un soberano portazo en el coche.
- Hijo de mala madre – oyó gritar.
- ¡Tía! – chilló ella a su vez.
Tomás, paralizado por la confusión tardó algo más en reaccionar. Quizás demasiado.
Sus ojos, estáticos, se limitarían a seguir, con estupor, los acontecimientos.
Mientras, tía Carmen atravesaría la zona ajardinada como una centella, aquel edén improvisado sobre el asfalto, y se abalanzaría sobre una pareja que, en lontananza, venía de desalojar uno de aquellos portales.
Una pareja en apariencia de tortolitos en la que él, si bien, tranquilamente podría ser el padre de ella.
Todo fue muy rápido. De hecho, tía Carmen había salido del coche cual caballo de carreras que, durante largo rato, esperara ansioso en su cajón el bocinazo.
- ¡¡¡Lleva la pistola!!! – apremió Marta a su expretendiente.
Pero Tomás se veía impotente.
Poco se podía hacer para detener a una mujer furiosa, ante cuyas narices se estaban desmoronando veinticinco años de convivencia, entrega y sacrificio. Una mujer que estrenaba cornamenta, y que lo hacía de la única manera honrosa, embistiendo.
La expresión en el rostro de su esposo, hasta entonces paradigma de fidelidad y atenciones, no pudo ser más ruin. Miedo, culpa y desprecio afloraron, todos de sopetón, a su ya de por sí poco agraciada mirada.
No se podría decir lo mismo, eso sí, de la joven que lo acompañaba, quien ya con el efectivo en el bolso, no esperó para poner pies en polvorosa.
De hecho en un principio todas las iras de Carmen parecieran querer como converger hacia ella. Su juventud y rapidez de reflejos le evitaron, sin embargo, pasar a formar parte del drama.
No así, sin embargo, resultó la cosa para Álvaro, que fue querer arrancar sus mocasines, y calárseles estos en el acto.
- ¡Sabandija! Debería caérsete la cara de vergüenza – bramó ya por fin Carmen a menos de dos metros de su víctima.
- ¿Carmen? ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué es eso que llevas en la mano?
Era evidente que Carmen, que nunca antes había empuñado un arma de fuego, quería asegurar el blanco.
- ¿Quién era esa golfa, so depravado? ¿Me la estabas dando con queso? ¿no?
- ¿Esa chica? No sé quien era. Venía del chalet de al lado y nos tropezamos
- No me mientas, rata de cloaca. Toda una vida cocinando, lavando y planchando para ti. Malnacido
- Todo esto es un malentendido.
- Reza tus oraciones, bastardo.
- Está bien, Carmencita. Te he sido infiel. Pero no hay nada más – instintivamente, Álvaro se puso a llorar como si fuese un niño pequeño que hubiera hecho una trastada muy gorda – Era sólo una profesional. Una de esas de los anuncios por palabras del periódico a la que en un rapto de locura contraté, y, mira tú lo que son las cosas, precisamente para no ofenderte.
- ¿Para no ofenderme? ¿Cómo se come eso?
- Sí. Yo quería probar otras cosas. Cosas de las que la gente habla, medio en broma, medio en serio. Pero no podía… No podía complicarte a ti en ello. Tú, tú eres la madre de nuestros hijos. Tú eres otra cosa. Tú estas por encima de todo ese submundo.
- ¡Seguro! Mal bicho. Embustero. Yo para ti sólo soy el servicio doméstico. Pero ahora vas a pagar por todos tus engaños, y por tus marranadas, que sólo tú sabrás cuales son… Bueno, tú, y San Pedro, ahora cuando se lo cuentes. De modo que vete ya despidiéndote de tus asquerosos vicios.
Carmen encañonó a su tembloroso cónyuge, juntó las dos manos en torno a la empuñadura, como había visto hacer en tantas y tantas películas de Hollywood, para no errar con el retroceso del arma, y apretó el gatillo. Una fuerza de retroceso que a pesar de ello casi la tiraría al suelo, deslumbrada por el fogonazo y momentáneamente aturdida por el estruendo subsiguiente.
Al que sí desde luego tumbó, fue al infeliz de Álvaro, quien fue a dar con sus costillas en el canto frío e implacable de la acera.
En cualquier caso, comoquiera que fuese, cuando Carmen miró en busca de sangre - de una sangre que en buena lid debería haber ya comenzado a teñir su elegante americana color perla, la misma que ella le había ayudado a escoger en las galerías Don Piero de la calle del paseo, esquina con Muñoz Caamaño – se encontró con que tardaba más de la cuenta en afluir.
Se oyó entonces una segunda detonación, y una tercera… Así hasta que se llegaron a ella Marta, y sobre todo Tomás, que inmediatamente la inmovilizaría.
Pero esta vez sí, definitivamente, pudo sentirse como manaba a borbotones, como al fin corría por entre las canaletas de las baldosas, caliente, recién salida del cuerpo pecador de aquel despojo de lo que en su día fue un marido.
Y aunque siguiera sin colorear de rojo su ropa, se dio por satisfecha. Quizás lo prefirió así, verlo terminar tal cual, como una piltrafa maloliente, reducido a aguas menores. Pues aunque ningún proyectil llegara a atravesar su cuerpo, su vejiga de la orina, de motu propio, respondió como si en realidad así hubiera sido.
Sería posiblemente la más humillante de las fórmulas mediante la cual poder dejar las cosas en su sitio. Una solución a medias, tal vez. Pero su sentido del honor, muy castigado, y de lo que es justo y lo que no, ya tampoco daban para más.
Habida cuenta por otra parte de que su felicidad, o mejor dicho, su falsa percepción de felicidad, le había sido enajenada de la misma ignominiosa manera. Por el mismo conducto extraoficial.

A Quasarts entertaiment release.
© Food and Drugs MMX

9 comentarios:

ave de estinfalo dijo...

Hola!!

Esta interesante

:P

Sale me retiro, cuidate muchote

que andes bien ^^

byE

Fiebre dijo...

Pues me lo he pasado pipa leyendo el relato.
Me da lástima el pobre munipa. Le va a caer un puro del copón.

(Una siempre barriendo para casa)
:)

Miguel Baquero dijo...

Un final bastante violento, desde luego, y aunque no se trate de eso yo comprendo que mucha gente, a veces, sienta tentaciones de matar al otro. Pero tampoco hay que ponerse así. De todos modos, y como dicen arriba, aquí el que al final va a cargar con las culpas es el pobre munipa.

H. Chinaski dijo...

Foods, ha estado muy bien.
Se siguen los acontecimientos como si se estuviesen viendo desde la acera de enfrente.
No termino de entender por que lleva el arma con balas de fogueo, aunque en este caso le va a salvar de una buena.
El puro sera mas pequeño

Saludos

Juanjo dijo...

Un gran relato, sí señor. La felicidad se puede perder en unas horas, pero se tarda bastante menos de tres disparos en perder la dignidad.

Landahlauts dijo...

Si que le va a caer una buena al munipa...

Me ha gustado.

Saludos.

Arancha C. dijo...

Rápido y divertidísimo...¿se acaban liando Marita y el pitufo?

Luna Azul dijo...

Buen relato!!

NoSurrender dijo...

me lo he pasago genial leyendo. Qué bueno, F&D!