sábado, 15 de enero de 2011

La gravedad de ser un monumento

Ser un monumento es todo un chollo, pero también una responsabilidad.

Ser admirado por cientos, por miles, e incluso millones de fieles, turistas y curiosos, permaneciendo en todo momento impertérrito, aguantando la risa o el sueño, requiere de hecho, de habilidades muy trabajadas.

Es el caso de este Buda sedente en Sichuan, al oeste de China, el más grande conocido de cuantos se han excavado en la roca, adoptando esta postura.


Posiblemente sea ese gesto benevolente que esboza en su rostro, el que atraiga hacia él a los peregrinos en busca de protección y bienaventuranza. Yo, no obstante, viéndolo ahí, tan beatíficamente sentado en el trono, no puedo dejar de imaginármelo... Pues eso, sentado en el trono.

Un caso no muy diferente es el de este otro primo suyo, que en medio de la selva birmana, optó por saltarse todas las convenciones al uso en el mundillo de las estatuas, y se tomó la libertad de echarse una siestecita. Eso sí, sin quitarse los andamios, sin desmaquillarse... Todo muy informal.


Es desde luego una pose diametralmente opuesta a la que, en la otra esquina del mundo, exhibe su compadre Caballo Loco, protagonista absoluto del Crazy Horse Memorial.

Por desgracia la colosalidad de este último, lleva aparejado el engorro de tener que permanecer todavía enterrado, en su mayor parte, por mucho tiempo. Lo que nos impide recrearnos en lo vigoroso de su gesto, así como el de su briosa montura.
Afortunadamente hay a disposición de los visitantes del Museo anexo, por cierto, muy cercano al también famoso Monte Rushmore, una reproducción en miniatura con los trazos definitivos del proyecto. Algo así como si... ¡Por si nunca acabaran el original!

De momento, la montaña sigue aguantando estoicamente los bombazos, en un doloroso parto del que verá la luz una de las estatuas más políticamente correctas de todos los tiempos. Admitiendo, de entrada, naturalmente, que cada una en su tiempo, también lo fue.
Las de Saddam Hussein, las de Franco, las de Lenin, ellas también nacieron al mundo, como la de la sirenita de Copenhague, para encandilar a perpetuidad las pupilas de sus arrobados seguidores.

Lo difícil pues en este negocio, no es llegar, sino mantenerse. Y es que hasta para ser estatua ha de tener uno la suerte de su parte.
Un día estás ahí, erguida, orgullosa, elevando ante las miradas atónitas un discurso inaudible, aunque incontestablemente sólido, apoyada sobre los principios e ideales que te inspiraron, y, al instante siguiente, eres un montón de escombros, o chatarra, que yace en el suelo, sin patria, sin flores, sin amores, y sin la gloria eterna.

O si no, que se lo digan a Mamayev Kurgan, o lo que es lo mismo, traducido del ruso ¡La Madre patria llama! (no aclara si llama para comer, o para cenar, aunque no parece ser ese el caso...)

Esta gigantesca alegoría guerrera, en cierto modo plagiando el estilo helenístico de su prima, la estatua de la Libertad, la que da la bienvienida a la entrada de Nueva York, y con la que estuvo largo tiempo sin hablarse, se halla por su parte emplazada en la ciudad rusa de Volgogrado.

Su tamaño, una vez más, perseguía dejar a todos boquiabiertos. 82 metros de alto, desde la punta de la espada que fírmemente empuña, hasta la base.
Conmemora la batalla de Stalingrado, durante la segunda guerra mundial, y a sus pies se cuenta que se hayan inhumados numerosos héroes (entre comillas) del ejército rojo. Preferentemente los que más se destacaron en el buen curso de la carnicería.
Como anécdota, hace mención la Wikipedia, a que el único hijo varón de la Pasionaria, Rubén Ruiz Ibárruri, también fue llevado allí a reposar eternamente. Y es que, aunque seguramente es vicio de todos, el debió tener, hasta sus últimos días, a su madre por alguien muy, pero que muy grande.
Nada que objetar al respecto, pues. Pero todo esto de la grandiosidad, real o impostada, duele decirlo, pero también tiene una pega muy gorda.
Todo lo ganado en altura, en magnitud, en proyección, es también perdido en estabilidad y en equilibrio.
La susosdicha señora de hormigón armado, hunde sus cimientos en el lecho de ciertos cauces subterráneos que, con el paso de los años, la han llevado a inclinarse hasta casi el punto de no retorno.

¿Llegará el día en que agobiada por las preocupaciones que ello le comporta, vencida por el estrés de estar constantemente al filo del precipicio, día y noche sometida a los tiras y aflojas gravitacionales, esta gran madre pétrea, la madre de todas las madres, caiga en las garras de la filosofía budista, y adopte una postura más consecuente con su nueva realidad?
¿Pasará a ser ella también una estatua acostada, como sus vecinas del lejano oriente?
¿O seguirá aguantando, contra viento y marea, con la cabeza bien alta, y los pies en el suelo, como la gran luchadora que siempre ha sido, y que sin duda es?
Yo voto por lo segundo.
Por más que sea una votación perdida de antemano.

Lo que no se haga por una madre...

14 comentarios:

ave de estinfalo dijo...

Jajajaja aguantando la risa o el sueño, eso fue la onda

Que bueno que no soy monumento, prefiero no ser vista por millones de gentes que tener que aguantarme la risa, porque yo nunca me la puedo aguantar

XD

byE

Merce dijo...

Lo malo de ser estatua es que hay que ver cómo te ponen las palomas... ;)

Alice se perdió dijo...

Yo voto por monumentos más modestos, más utilitarios, como el astronauta de la catedral nueva de Salamanca, por ejemplo...

Un besillo,

Food and Drugs dijo...

Nefertiti:
Pues el que hubiera monumentos risueños no sería descabellado del todo. ¿Acaso a tu paisano Botero no le dió por esculpir figuras de gordos y se hizo famoso en medio mundo...?
En fin, la idea está ahí.
;-)
besos

Merce:
Lo cierto es que las palomas están algo sobrevaloradas en nuestra sociedad. Eso de concederles que fueran el símbolo de la paz, es un poco como en el caso del nóbel de Obama, una cagada.
:-)
besos

Arancha:
Pues no tengo ni idea de que astronauta me hablas. Tendré que encomendarme al refrán ese que dice que, el que quiera saber, que vaya a Salamanca.
:-)
besos

Merce dijo...

Las llaman las ratas del espacio... por algo será. A mí me dan mucho asco, la verdad.
:-)

Alice se perdió dijo...

http://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_Nueva_de_Salamanca#Curiosidades

Hola Cristobal (jeje, no se me olvida):

¡Seguro que te suena esta historia!

Te imagino completamente como el neo-cantero de la restauración de la Catedral de Salamanca: un tío con arte y simpático.

Natura dijo...

"Sin desmaquillarse", ja, ja. Me has hecho reir y no solo con esa frase.

A mi, de ser uno, me gustaría algo bien contemplativo. Nada de poses raras ;)

Un abrazo,

Food and Drugs dijo...

Natalí:
Si yo pudiera elegir un tipo de estatua en el que reencarnarme, creo que me decantaría por la de los oscars. Está cachas, es de oro macizo, y las actrices famosas se pirran por ella.
¿Qué más se puede pedir?
;-)

Juanjo dijo...

Los monumentos me dejan algo frío y si yo fuera uno de ellos estaría enfadado conmigo mismo.

Qué altivez, qué rigidez, qué distancia.

Y siempre sin decir una palabra más alta que la otra...

Food and Drugs dijo...

Juanjo:
Yo tampoco me hablo mucho con los monumentos. Es más, creo que las nuestras son posturas irreconciliables.
;-)

Sue dijo...

Solo de pensar en el trabajo que debe llevar hacer una de esas esculturas me agoto. Uff.
Particularmente prefiero los monumentos que se pueden comer... ehhh,me refiero a la gastronomía de los lugares.

Un saludo.

Food and Drugs dijo...

Sue:
Di que sí, Sue, porque de ir por hay visitando monumentos en plan mochilero y con bocata de choped, te acabas quedando hecho un espíritu.
Besos

estonoesunblogdehistoria dijo...

Y lo que es peor: nunca pueden saber lo que pasa a sus espaldas!!!!

Food and Drugs dijo...

Estonoesunblogdehistoria:
Y si lo saben, se lo guardan para ellas. No son celosas ni nada las estatuas...
;-)
Besos